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viernes, octubre 10, 2014

Los Poetas Invisibles


Libros de enésima mano en College Street


Ayer descubrimos al nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura, el novelista francés Patrick Modiano. Os preguntaréis qué tiene que ver esta información con este blog. En principio, absolutamente nada. Sin embargo...

Hace 101 años que Rabindranath Tagore ganó el Premio Nobel de Literatura. Aunque este premio se otorga a la obra completa de un autor, Tagore fue premiado con una única obra traducida al inglés por él mismo, Song Offerings, que en la versión inglesa aglutinaba poemas de obras bengalíes distintas, no coincidente 100% con el Gitanjali bengalí, y también una colección de poemas que había traducido poco antes, The Gardener. Las otras dos obras que él mismo tradujo al inglés se tradujeron y publicaron después de que le dieran el Nobel. Es decir, que le premiaron sin haber leído la mayor parte de su obra. Con esto no estoy diciendo que se lo dieran inmerecidamente: creo que si hubieran podido leer más de sus obras, Tagore habría recibido el Nobel mucho antes. 

Y sin embargo durante estos 101 años, ningún otro indio ha sido galardonado con el Nobel, ni siquiera ha sido barajado como candidato a serlo. China sí, Japón sí, pero nada del subcontinente indio. El problema sigue siendo el mismo: la escasez de traducciones, y la mala calidad de la mayoría. A pesar de la anunciadísima muerte del libro, las editoriales siguen publicando en papel, colocando los últimos éxitos de masas en las estanterías. La literatura popular invade los escaparates de las librerías, pero no vemos en ellas nada de la abundante literatura de masas que el segundo país más poblado del mundo está escribiendo hoy en día. Diréis que exagero, que algo llega. Y es cierto, algún volumen se cuela en nuestras librerías, pero llegan con disimulo, casi con miedo, como si la editoriales temieran llamar la atención sobre las novelas indias que están publicando, con la excepción - a todo el párrafo - de Salman Rushdie.

Busco en la página de los Premios Nobel información sobre Tagore. Contiene una correcta y breve biografía, y un par de líneas que me hacen detenerme: "Para el mundo, él se convirtió en la voz de la herencia espiritual India."

Y es que efectivamente, esa es la visión que desde el rabillo del ojo tenemos de India: un país profundamente espiritual, sin nada más que contarnos que el karma y el yoga. Tagore, como uno de los cuatro puntos de referencia de India que tenemos, se ha imbuido de todo - lo poco que - sabemos del país, incluso con cosas con las que quizá él no estaría de acuerdo.

Hay mucho más en el cosmos indio que espiritualidad, vacas y castas, colores y saris, especias y la fiesta de Holi. Tagore no es un santón vestido de blanco en vez de azafrán. Y la literatura india no se terminó en Tagore. Ni en Salman Rushdie, ni en Arundhati Roy.

Escribo esto, inspirada por un brillante artículo de Scroll.in (página de noticias india que recomiendo a todo aquel o aquella interesado en el país), para romper una lanza por todos los escritores indios que no se llevaron ningún premio ni fueron conocidos más allá, en ocasiones, de las fronteras de sus propios estados. Y es que uno de los grandes problemas es, como ya dije, el de las traducciones. Simplemente, no hay. Nos estamos perdiendo a poetas de la talla de Jibanananda Das o Nirmala, a novelistas como Bibhutibushan Bandhopadhyay o Premchand, a dramaturgos como Dwijendralal Ray o N.Krishna Pillai.

Estos ya están muertos y no sería posible darles el Premio Nobel. Tampoco es que importe mucho, aunque ciertamente aporta una visibilidad que le vendría bien a la literatura india. Pero en un país tan poblado como éste, hay muchos otros, vivitos y escribiendo, que bien podrían empezar a ser traducidos, publicados y leídos. 

miércoles, enero 08, 2014

Tres años en la ciudad

Muchas entradas van de aniversarios y celebraciones. Empezando por la de mi cumpleaños, siguiendo por las navidades, ahora toca el aniversario de mi llegada a India, hace ya tres años, cuando un 8 de enero Bangalore nos sorprendió a mi padre y a mí con su calor a las dos de la madrugada, un aeropuerto modernísimo y una carretera llena de baches en la que nos dirigimos a la ciudad en un coche cuyas puertas no cerraban.

He titulado la entrada "Tres años en la ciudad", a juego con el libro de Amit Chaudhuri del que ya he hablado en este blog, aunque mis tres años en Calcuta, que tocan este año, propiamente se cumplirán en agosto. Sin embargo, siguen siendo tres años, tres años en el subcontinente, si preferís: pero me hacía más gracia jugar con el título del libro.


by me.

Hace unos días, una amiga de Aritra vino a Calcuta de visita desde Bangalore. Antes de volver, quería ir de compras por Calcuta, así que mi amigo me llamó para que le ayudara a llevarla por New Market, porque para estas cosas de compras de chicas, él no tenía ni idea. Así que allá fuimos los tres por las calles y las tiendas, y yo le iba indicando dónde podía encontrar lo que buscaba, y dónde había mejores precios. Recordé que mi primer año, en una de mis primeras incursiones en este laberinto comercial, me llevé a dos alumnas del primer curso para que me ayudaran: tenía que comprarme un sari para la boda de otra alumna y no tenía ni idea de cómo ni dónde hacerlo. Ahora era yo la guía, y eso que no acostumbro a comprar en esta zona, que siempre está tan concurrida que me resulta asfixiante. 

Mientras ella compraba, yo me quedaba a su lado para asegurarme de que no le pedían precios exorbitantes y echar un vistazo al material, hasta que de repente Aritra me dice que mejor sería que nos alejáramos de ella y la dejáramos comprar sola. ¿Por qué?, le pregunté. "Porque en cuanto te ven, suben el precio". Era cierto: su amiga tardaba mucho menos comprando si no estaba yo al lado, porque no tenía que regatear tanto. Y es que se me había olvidado que soy extranjera.

¿Cómo iba a recordarlo? La extranjera en realidad era ella, ella era la que no conocía nada de Calcuta, era ella la que necesitaba ayuda, no yo. Pero, ay, el color de piel es más visible que la experiencia, y yo no llevo ningún cartelito de "yo vivo aquí, no soy una turista" pegado en la frente. 

El pasado domingo, tenía que ir al pueblo donde vive Kashinath, al que le había prometido que volvería a su casa. En lugar de ir a su casa, me llevó a la casa de una familia amiga suya, una familia que ocupaba toda una planta de un edificio (cuatro apartamentos). Habían insistido mucho en que yo fuera allí, no realmente para conocerme, sino para observar a una extranjera con sus propios ojos, en su casa, quizá hasta para vanagloriarse ante los vecinos de que la primera extranjera que pisa el barrio come en su casa. La extranjeri-dad, a pesar de que saben que llevo viviendo en la ciudad tres años, pesa más, y no les interesa ninguna otra cosa. Era como llevar una valiosa pieza de exhibición de casa en casa y por el barrio.

El punto más absurdo de la tarde fue cuando el hijo de la familia, Sayan, se puso a enseñarme fotos de Murshidabad, donde habían estado aproximadamente los mismos días que yo estuve allí. Me preguntó si había estado allí, y le dije que sí, que había visto esto y aquello, y él se puso a enseñarme eso, las fotos de exactamente los mismos lugares que yo le había dicho, y a explicarme su historia como si yo nunca hubiera estado allí. Cuando en una de estas me enseña una casa, y me dice que no recuerda exactamente qué era, yo le respondo: "Esta es la casa de Jagat Seth", y el me dice "no, no, esa es otra". Se lo aseguré varias veces, aludiendo a mi experiencia de hace apenas unos días, pero me ignoró y siguió adelante contándome con detalle todas las cosas que ya había visto, oído, tocado y saboreado. De tan absurdo, al menos, fui incapaz de enfadarme.

Esto fue solo el principio. Después, tocó la tortura de rechazar de la manera más cortés posible - si es que existe una manera cortés de rechazar una invitación cuando ésta se vuelve tan insistente que deja de ser cortés en sí misma -, los kilos de comida con los que pretendían atiborrarme, sobre todo de dulces, de los que me hablaban como si nunca los hubiera visto en mi vida: "esto es rasgulla, esto es sandesh, esto es blablablesh", y un largo etcétera, insistiendo en que "al menos" los probara: pero es que yo ya los he probado, llevo tres años viviendo en Calcuta, repito, y sé que no me gustan, muchas gracias, pero no. Luego llegó el momento de "oh, necesita una cuchara", pero no, no necesito una cuchara para comer, sé comer con la mano perfectamente, gracias. Y su mirada atónita cuando empecé a mezclar el arroz con las lentejas y las verduras y a hacer bolitas y comérmelas, y que se me atragantaron de tanto que me miraban.

Lo peor son las preguntas. Al principio, cuando eres nuevo en el país, cuando eres realmente extranjero, pues te hacen incluso gracia, de la curiosidad que tienen, de las preguntas a veces incómodas que te hacen sin cortarse lo más mínimo, porque estás fascinado por la novedad. Pero después de tres años, ellos están fascinados por la novedad que es una, pero para mí, ellos han dejado de ser novedad hace mucho tiempo. Llega un momento en el que tener que responder por millonésima vez a las mismas preguntas, después de tres años, resulta penoso:

¿Eres de Madrid o de Barcelona? ¿Oh, no eres de allí? ¿Y a cuántos kilómetros de Madrid / Barcelona vives? ¿Te gusta el fútbol? ¿Eres del Madrid o del Barcelona? Oh, ¿Existe un equipo de fútbol en tu ciudad? Oh, ¿que vives al lado del mar? ¡Qué bonito! ¿Y a qué distancia está el mar de tu casa? ¿Y hace frío en tu ciudad? ¿Y hace calor? ¿Y qué comes? ¿Y tu familia es vegetariana? ¿Y cómo es que eres vegetariana tú pero tus padres no? ¿Y te gusta India? ¿Qué te gusta más? ¿Y cuántas personas hay en tu familia? ¿Y no tienes hermanos? ¿Pero tienes primos, no? Y tus padres, ¿viven solos? ¿Y hasta cuándo vas a quedarte aquí? ¿Y por qué has venido a India? ¿No prefieres los Estados Unidos? ¿Y cómo has aprendido bengalí? ¿Y puedes vestir sari? ¿Y estás casada? ¿No? ¿Y cuándo te vas a casar? ¿Vas a casarte en España? ¿Cuándo vas a ir a España otra vez? ¿Y te vas a casar cuando vayas? ¿Y conoces las canciones de Rabindranath Tagore? ¿Por qué no nos cantas una canción de tu país? ¿No quieres comer dulces?

Todo esto es aún más ridículo cuando ellos ni siquiera tienen que hablarme en inglés, me preguntan en bengalí y yo les respondo en banglish.

Lo peor, en realidad, no son las preguntas. Lo peor es ver que ellos están todos ilusionados y que te preguntan con curiosa simpleza, saber que son simpáticos y que intentan ser amables, pero que todas esas  buenas intenciones te molestan, te resultan agobiantes, cotillas y unos pelmazos.

Porque ya son tres años en la ciudad. Porque una ya no es una extranjera. Es en esos momentos cuando pienso que si hubiera un solarium en Calcuta, yo sería la cliente número uno. Pero no hay solariums y ni voy a dejar de ser una española en Calcuta, por mucho que se me olvide a veces.

Y, ¿qué es ser española? ¿Qué es ser extranjera? ¿Qué es ser "de aquí"? ¿De dónde se es? 

Cuando estaba en Murshidabad, con la familia de Aritra, viendo los monumentos, los guías - no sé si oficiales o no - intentaban acosarnos para que compráramos sus servicios, y el tío Anup se las pasaba diciendo que no, que ellos eran de allí (amra ekhankari, con énfasis, "de aquí"), que ya sabían la historia, que no les hacía falta guía, que no eran turistas. Bueno, incluso ellos, claramente indios, tienen que enfrentarse a veces a este problema. Otras veces, me he hecho pasar por una probashi bangali, es decir, una bengalí nacida fuera de Bengala, y ha colado bastante bien, no consideraban raro que yo fuera, de algún modo, de allí. Este año, cuando fui de viaje con mis padres a Agra (viaje que tengo pendiente de comentar en el blog), fui a pedir unas entradas para ver un monumento, yo sola, sin mis padres, y el hombre inmediatamente me dio tres entradas a precio indio, sin asomo de duda. Tuve que decirle yo que no, que me las diera de extranjero, porque si bien yo podría pasar, mis padres obviamente no, y nos meteríamos en problemas con el guardia en la puerta de acceso.

Por otro lado, ese mismo día que acabé de guía comercial por New Market, me sentía un poco nostálgica de España. Creo que era el día 1 o 2 de enero. Me dije, "chica, ve al Raj's Café a tomarte lo que sería un pincho de tortilla", para sentirme un poco menos lejos. El Raj's Café es una cafetería-restaurante cuyo dueño, Raj, habla español maravillosamente, y tienen una carta con comida española e italiana bastante auténtica (e incluso ahora, mexicana, aunque no la he probado todavía). Pero la tortilla, me había olvidado, es decepcionante: parece que la hacen con patata cocida, y siempre le falta sal. Para arruinarla todavía más, le habían echado un chorro de aceite de oliva por encima, con lo cual no sabía más que a puré de patatas con aceite de oliva, que no está mal pero no era lo que quería saborear. Además, me di cuenta, por primera vez - más vale tarde que nunca - de por qué esa tortilla me sabe tan rara: y es que no tiene cebolla. Pero todo esto, que no me gustaba la tortilla de Raj's (aunque tiene otras cosas que me encantan), se me había olvidado. Y también se me habían olvidado otras cosas, cosas que no me gustan de España, cosas que no me gustan de la mayoría de los turistas que vienen aquí. Cuando uno siente nostalgia, es porque se endulzan los recuerdos y olvidamos las razones por las que nos marchamos.

Y es que en una mesa cercana, había un pequeño grupo de españoles. Tres. Dos mujeres abandonando la juventud (aunque ellas no querrían que les dijeran esto, a juzgar por el maquillaje, la ropa, el tinte y el peinado, más acorde con la Plaza del Callao de Madrid, que con Sudder Street de Calcuta) y un hombre de mediana edad, mal conservado, gordo y gafapasta. Me diréis que no es un grupo muy representativo, y claro que no es representativo en general. Pero sí que eran "representativos" de un tipo de gente que realmente existe, que he observado muchos años. Un tipo de gente que se pone una máscara ya de maquillaje, ya de gafas cuadradas de pasta negra, pero la verdadera máscara es el barniz de gestos y palabras que adornan sus continentes sin contenido. Las mismas palabras insulsas, el mismo tono prepotente, despectivo, que se queja por quejarse, que critica por criticar, en el bar, solo que esta vez sin cerveza porque esto es Calcuta, no Madrid. Sea de la política del gobierno, de la crisis económica, del vecino del quinto o de las calles de Calcuta, de la miseria de India, de lo sucio que está todo. Sin saber nada al respecto de ningún tema del que hablan, sin conocer las causas, ni las consecuencias del problema, sin preocuparse por las posibles soluciones tampoco. Lo que está de moda es quejarse, y a ver quién se queja más alto, quién encuentra la mayor queja, quién es el más criticón: ese es el ganador de un concurso estúpido pero muy popular.

El hombre ya había estado en Calcuta antes. Una de las mujeres, con el pelo teñido de rojo, le escuchaba con falsa atención, más ocupada en detectar el momento en que meter baza y empezar a quejarse ella, que no iba a ser menos criticona. La otra, teñida de rubio, estaba de espaldas a mí y no podía ver la expresión de su cara para comprender su actitud, pero no hacía otra cosa que expresar su disgusto por todo. ¿Para qué vienen, entonces? ¿Para sentirse mejor con sus vidas cuando vuelvan a España?

Allí metidos, en un café español, haciendo lo mismo que harían en un bar en Madrid a las 5 de la tarde. ¿Para qué vienen?

Entre la tortilla sin cebolla y aquel grupillo y su conversación absurda, me quedó un amargo sabor de boca. Más que amargo, vergonzoso. La nostalgia se esfumó antes de que me terminara la tortilla.

Yo no sé de dónde soy... Pero esto ya lo dijo Jorge Drexler.





sábado, marzo 09, 2013

Navegando entre culturas

Hace no mucho tiempo - aunque parece que sí fue hace mucho - escribí una entrada comentando los problemas culturales y lingüísticos de vivir en el extranjero, y la frustración derivada de ellos. Esta semana me volvió a pasar algo parecido, y unas cuantas cosas más que tienen relación, y no quiero perder la oportunidad de comentarlo.

En realidad, pasaron varias cosas, pero como ir por orden no ayuda en este caso, voy a comentar primero el caso parecido a la entrada que comentaba arriba. El jueves pasado quedé con un grupo de poetas jóvenes bengalíes que suelo ver una vez a la semana, cerca de la universidad. Les conocí por el amigo de un amigo, que es como funciona todo, y normalmente nos reunimos para un té y una charla poética después de las clases.

La mayoría de las veces somos unos 4, conmigo incluida, con lo cual pues es relativamente sencillo enterarse de las cosas. Yo suelo ser la primera en llegar, y el resto se va añadiendo, así que estoy desde el principio de la conversación, y sé de qué va el tema. Además, este amigo de mi amigo por el que me introduje en el grupo, Aritra, pues siempre intenta traducirme cuando ve que no me entero de nada (aunque a menudo no tiene compasión, y me habla en bengalí por mucho que yo conteste en inglés). Dice que así me enseña. Es verdad, claro, me ayuda mucho a mejorar mi comprensión auditiva. Ahora bien, mi expresión oral, no mejora mucho que digamos.

¿Por qué no mejora? Pues porque me paso el rato intentado adivinar qué es lo que están diciendo. Y mientras mi concentración está en entender, no puedo concentrarme en formarme una opinión, ni mucho menos en pensar cómo expresar en bengalí dicha opinión. Así que normalmente, pues no digo apenas nada. Al final, me da la impresión de que parezco una chica muy callada y un poco sosa, lo cual me fastidia mucho la verdad. 

Pero esta semana, las cosas fueron diferentes. Cuando llegué a la cafetería donde siempre nos vemos, ya había allí unos nueve bengalíes hablando en voz en grito y a una velocidad supersónica de cosas literarias. Quizá no estuvieran hablando tan deprisa, pero yo, cansada de clase, y del calor que ya hace en Calcuta (se acabó el invierno!), no tenía fuerzas para entender nada. Lo intenté cinco minutos, y desistí. Me quedé mirándolos como una idiota, mientras ellos acaloradamente charlaban de algo. No me enteré de nada. Bueno, sí, me enteré de cuando decían que estaban hartos de tomar té y que hacía demasiado calor en la cafetería porque los ventiladores no estaban funcionando. Pero todo lo demás, era como chino para mis oídos. 

Llevo ya dos años aquí, y no poder entender nada fue una experiencia terriblemente frustrante. Ya me fastidia normalmente no tener la fluidez para participar en la conversación, pero lo de aquel día era demasiado. ¡Qué obstáculo, el idioma! Total, que me largué de allí sin que nadie se diera cuenta, mientras todos iban saliendo para cambiar de sitio. No me apetecía nada sentir más frustración.

El problema es que claro, si evito estas situaciones, ¿cómo voy a aprender a hablar? Sí, mejor sería que hubiera menos gente, que me hablaran a mí directamente, porque no entiendo a veces que me están hablando a mí si es en bengalí, pienso que es a otra persona. De uno a uno ya es difícil, pero nueve a uno...pues imposible.

¿Qué puedo hacer? No puedo ir a clases de bengalí - los horarios no me cuadran-, mis amigos en cuanto ven que no entiendo enseguida se pasan al español o al inglés, nadie hace esfuerzos por explicarme en bengalí hasta que entienda lo que quiero decir. Enseguida usan la traducción, que es el método más fácil. Pero no es el mejor método para aprender. Yo a mis alumnos principiantes no les traduzco nada a no ser que no me quede otra opción: mientras pueda explicar cualquier concepto o idea en español, con ejemplos o con dibujos o actuando, no lo hago. Y si uno ha entendido, dejo que él explique a los demás en la lengua que quiera (que normalmente no suele ser el inglés, lo cual me gusta, así ven que el inglés no es un medio para aprender español). Sin embargo, yo no tengo ningún profesor así, y es que la verdad es que para mí también es cansado y frustrante estar explicando algo y ver que no entienden. Aunque en la clase, un dibujillo en la pizarra o una sarta de ejemplos suele arreglar el problema. Al final, por deformación profesional, hago esto también fuera de clase: a mis amigos, sobre todo con los que hablo en español, aunque no únicamente, les explico de mil maneras lo que quiero decir y sigo haciendo de profe 24 horas al día (menos las que duermo).  

Estoy intentando ver más películas, leer cuentos (he encontrado uno fascinante sobre una obsesión con un poster de una actriz de Bollywood), hablar con Shibu, el más charlatán de los conserjes de la Guest House, pero el avance es lento... muy lento...

Aparte de problemas de idioma, está la cuestión cultural. Y no estoy hablando ya de sociolingüística, sino de cultura pura y dura, de puntos de vista y concepciones culturales de las cosas. Y me he dado cuenta, a lo largo de este año, de muchas cosas que son tremendamente diferentes entre India y España.

Siempre había notado que había diferencias de perspectiva. Claro, normal, es otra cultura. Desde que escribo el blog, llevo tiempo mencionando que no se puede juzgar India desde el punto de vista de España, porque las cosas no funcionan igual, y hacerlo sería un error: caeríamos en estereotipos que dificultarían nuestra comprensión, y cerraríamos nuestra mente a la realidad. Unos ejemplos: India tiene fama de ser un pais muy machista, y sin duda, lo es. Como el viernes pasado fue el Día Internacional de los Derechos de la Mujer, preparé una actividad sencilla para analizar los estereotipos de género, en la que había que colocar una serie de palabras como características de un género o de otro. Una de estas palabras era "ganar dinero". Toda la clase dijo que era cosa de los dos, de hombres y mujeres. Entonces yo pregunto: ¿pero, ganan dinero igual? Sí, me responden. Yo les explico que en España, una mujer recibe, como norma - absurda, pero normal en la realidad - un salario inferior al de un hombre aunque el puesto de trabajo sea el mismo. Ellos me miran asombrados, ¿qué está diciendo la profesora? Según las estadísticas, les explico, en España una mujer recibe el 28% menos que un hombre por el mismo trabajo. En sus caras, sorpresa. Eso en India no pasa, me dicen. No hay diferencias salariales. ¿Cuál de los dos países es más machista? Aquí el problema es que las mujeres tienen más difícil el acceso a la educación, así que en un nivel educativo superior, normalmente hay más hombres que mujeres (aunque en mi clase hay paridad, todo hay que decirlo). Por eso en un puesto de trabajo de alta cualificación, pues hay más candidatos hombres que mujeres. Pero sea quien sea el que consiga el puesto, el salario es igual. Ahí no importa si es hombre o mujer. En general, esperaríamos que sí hubiera una diferencia salarial, puesto que India tiene fama de ser muy machista, y esto de la diferencia salarial es una de las luchas de las mujeres en España. Y si creyéramos eso, habríamos caído en un error.. Aquí esta lucha es innecesaria. Las luchas necesarias son otras. 

Y al revés pasa lo mismo. Hay cosas que aquí son tan normales, que los indios tienen dificultades para entender que en otro lugar, pueden ser diferentes (ellos no habrían imaginado que existe una diferencia salarial entre hombres y mujeres en España, por ejemplo). Por supuesto, muchas afectan a los estereotipos de género, pero otras son cosas mucho menos visibles.

Caso concreto: las amistades. Hablando con unos y con otros, europeos e indios, he visto que ambos tienen una visión negativa del significado de la "amistad" para la otra cultura. Según muchos indios, en general los europeos somos superficiales, fríos, y no conocemos el significado de la amistad. Según los europeos, los indios no tienen amigos y solo usan a la gente. Según yo, es que están juzgando desde su propio punto de vista y no han intentado imaginar que las cosas pueden funcionar de otra manera, y que ambas son amistades.

Este problema surge también de los prejuicios culturales que han recibido desde fuera, y de las condiciones en las que la amistad entre indios y europeos se desarrolla en India. Voy a centrarme en Calcuta, claro, que es el caso que tengo a mano, pero en mi opinión, en otros lugares de India las cosas deben ser parecidas:
- Los europeos, en general, vienen a Calcuta temporalmente y no para vivir aquí, y son conscientes de ello. En cambio, los indios viven aquí, podemos decir, permanentemente (las posiblidades de salir de India son complicadas), y no son conscientes de que los europeos, no.
- Los europeos, muchos, no hablan inglés bien - ni que decir que no hablan bengalí ni hindi- , y lo cierto es que los indios, tampoco. La comunicación es muy problemática.
- Los europeos se mueven en unas zonas muy limitadas y no por todo Calcuta, y los indios que andan por esas zonas son los que conocen a los europeos. Es un círculo del que no salen. Hay indios que nunca conocen a ningún europeo, y los europeos acaban conociendo siempre a la misma gente de India.


Esto hace que los europeos y los indios vean siempre los mismos patrones de comportamiento, y estos no cambian nunca porque la relación nunca se hace lo suficientemente profunda, por falta de tiempo. La mayoría, ni que decirlo, son turistas, o voluntarios de las mil y una ONGs de Calcuta, o trabajadores en prácticas. Casi todos viven en la misma calle: Sudder Street. Los indios saben esto y hacen sus negocios por y para los extranjeros allí, unos se van y otros vuelven, pero ellos son casi siempre los mismos. Saben que los europeos vienen en grupos, se quedan poco tiempo, y necesitan ayuda. Además, piensan que todos son multimillonarios (porque aunque los voluntarios no ganen dinero, si se gastan mucho dinero al ver los precios de Calcuta, que mientras a ellos les parecen irrisorios al comparar con Europa, a los indios les parecen abusivos). Los europeos no se dan cuenta de que estos indios están acostumbradísimos a tratar con europeos de una manera superficial y comercial (cuando leáis el final del párrafo entenderéis porqué): ven en cada uno a un salvador que les ayuda en los primeros días, les parece que les ofrecen una ayuda incondicional, y esto, claro, hace que les parezca que han encontrado un amigo. No se dan cuenta de que es su trabajo. Cuando los indios empiezan a pedir cosas, a pedir dinero, a pedir que les enseñen el idioma (para poder hablar con más extranjeros y tener ventajas en el negocio sobre aquellos que no pueden hablar el idioma del turista), a los europeos les parece mal: pedir favores está bien entre amigos, pero hay un límite, y sienten que les están utilizando, y se desengañan. Ahora, el indio o india tan majo que era su amigo/a, es un interesado que quiere dinero o clases de lengua gratis, y se hartan. Además, cerca de esta calle, Sudder Street, está la zona más comercial de Calcuta, llena de gente cuya principal fuente de ingresos no es venderle cosas a los indios, que regatearán hasta la muerte, sino al europeo que no sabe regatear y que no es consciente de los precios en India. Al final, los europeos se sienten engañados, timados, y se van con muy mala impresión, y esta mala impresión se reproduce: cuando vuelven a casa dicen cosas negativas, extienden prejuicios, y el próximo que venga tendrá eso en mente. Por eso, el siguiente en venir se andará con mucho ojo, será antipático con los indios, con todos sin excepción, y éstos, al verse despreciados sin razón, pues se llevan una mala impresión de los europeos a su vez: les consideran personas orgullosas, altivas, casi racistas, superficiales y fríos. Y entonces, las posibilidades de que vean al europeo como una persona se reduce, y se convierten en seres que se merecen ser timados y engañados, a los que pueden usar, porque no tienen sentimientos (o los que demuestran tener son negativos, como la altivez, el desprecio, etc.), y claro, actuán en consecuencia.

En definitiva, un círculo que va de mal en peor. La única manera de salir de ese círculo es salir de Sudder Street (sí, este es un aviso para turistas y voluntarios que piensan ir a Calcuta. Será una calle muy barata, pero NO es Calcuta. Y si vais, que sepáis que no es válido juzgar una ciudad, un país ni una cultura, por una calle con tan mal fario). No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina, pero eso ya no importa.

Otra de las cosas que influye en todo esto es la diferencia entre la percepción de los límites, de la libertad. En general, me da la impresión de que los europeos (quizá los españoles menos, porque somos muy sociales) valoran la libertad individual como un no inmiscuirse con los demás. Hay un poco de separación entre las personas: no pedimos favores tan fácilmente, no hacemos cosas por los que no son nuestros amigos (por eso cuando alguien desconocido nos ayuda en India nos parece tan increíble y maravilloso), existe una distancia en la que no nos metemos porque es como un espacio personal. Este espacio personal en India, es distinto. Pedir favores es normal, que la gente se ayude sin conocerse es normal (y ponerse la zancadilla también, a ver si vamos a pensar que todo el mundo es bueno: hay de todo en todas partes), gente desconocida habla entre sí por cualquier excusa, o sin necesidad de excusa. Eso no pasa tan a menudo en Europa. Ya comenté una vez que había visto un accidente cerca de mi casa, mientras tomaba un té, y que de pronto toda la gente que estaba alrededor sentada se levantaba para ver de qué iba la cosa, y para charlar unos con otros, y al final cuando el accidentado ya se había ido en coche al hospital, algunos seguían hablando con su recién descubierto amigo tomando un nuevo té. En Europa, todos se habrían quedado tranquilamente en sus grupos dejando a los amigos del accidentado en paz, por no inmiscuirse en asuntos ajenos.

Por otro lado, cuando tenemos un amigo, es un amigo, y nunca (o muy raras veces) discutimos y nos enfadamos. Siempre intentamos no enfadarnos, evitar el conflicto, arreglar las cosas. Yo, personalmente, no puedo recordar jamás que discutiera con un amigo (una cosa es discutir de política o de qué mal van las cosas, y otra, discutir una amistad), ni que me enfadara con un amigo en España. Enfadarme con gente que no son mis amigos sí, eso es otra cosa. Me parece que cuando nos enfadamos con un amigo de verdad, de esto de gritarse cosas feas a la cara, es como el fin absoluto, es que ya hemos llegado a un límite que la situación casi no tiene remedio, y muy difícilmente se va a solucionar el asunto. Sin embargo, aquí, enfadarse no es raro. No voy a decir que es normal, pero no es raro. Un amigo de la universidad, Kashinath, me ha dicho más de una vez que yo debería sentirme afortunada porque él se enfada conmigo, y me pide favores, y me insiste: como si debiera estar agradecida de que sea un poquitín pesado. Justo las cosas que no aceptamos tan fácilmente en Europa en una amistad (enfadarse, pedir muchos favores, ser insistentes), aquí es como una señal de que la persona les importa.  Es un amigo, así que por eso pueden permitirse enfadarse, pedir muchos favores, y ser unos pelmas: porque es un amigo. Y sí, en cierto modo, en España no es tan diferente (por ejemplo, cuanto más amigos somos, más nos vacilamos y nos insultamos a veces, porque hay confianza), pero para europeos de otras nacionalidades, he visto que esto es un problema y que se sienten atacados y utilizados.

Así que lo que para unos es un ataque, para otros es normal; y lo que para unos es normal, para otros es frialdad y distancia. Como comprenderéis, así es difícil ponernos de acuerdo: sobre todo porque una persona no piensa que este tipo de cosas, cómo qué hace y qué no hace un amigo, varíen culturalmente. Las personas tenemos la estúpida tendencia de creer que lo que nosotros pensamos y hacemos es universal, y no lo es. Juzgamos desde nuestra perspectiva cultural, cuando hay muchas perspectivas distintas.

Y como esto, muchas cosas: el tiempo aceptable entre sms y sms, el devolver o no las llamadas, el cortar una llamada cuando se está ocupado o dejarla sonar, el cambiar el horario de una cita, o con cuánta antelación puede cambiarse el horario de una cita, si hay que confirmar la cita el día antes o no hay necesidad y resulta insistente y molesto si se hace, el hacer visitas inesperadas o no, el insistir en que alguien coma algo o no,... mil cosas que una cultura ve como una intromisión en la libertad individual (la europea), mientras que la otra lo ve como algo normal que indica afecto, y que si no se hace, indica frialdad, superficialidad e indiferencia.

Estos pequeños detalles que no salen en ningún libro, al final, solo causan malentendidos y amargura. Ojalá hubiera una serie de librillos de bolsillo, en plan "manual de supervivencia en X (nombre de un país) para nativos de Y (nombre de un país)". Todo sería mucho más fácil.

Pero no lo es... de momento, todo lo que una puede hacer es observar, tener paciencia, y escribir en el blog.

martes, junio 05, 2012

Problemas de vivir en el extranjero I: Incomunicación


Cuando vivía en Japón, era un poco complicado entenderme con la gente. Sí, sabía algo de inglés y algo de japonés, pero no tenía facilidad para pensar en estas lenguas cuando llegué. Mi inglés era algo mejor, pero muy funcional...lleno de errores. Todavía recuerdo cuando era incapaz de decidir si era “she” o “he “ o “his” o “her”, y cambiaba de referente en una misma frase, además del típico “people is” y mis dobles pasados “I didn't knew”...No es que no supiera las normas gramaticales: las sabía bien. Me ponías un examen de inglés por escrito y jamás cometería esos errores. Pero una cosa es escribir, cuando tienes tiempo para pensar qué estás escribiendo (y puedes borrar, y nadie lo ve), y otra muy distinta, hablar, donde no hay tiempo de ensayar, ni de pensar si lo que dices es correcto gramaticalmente, ni de borrar, porque nunca se borra, el error ya está hecho, dicho y oído.

Aprendí inglés (¡qué remedio!) porque si no no había manera de establecer comunicación con los demás alumnos extranjeros. ¿Cómo iba a comunicarme con mis compañeros de residencia o de clase, si ninguno de ellos hablaba español?

La necesidad de comunicarme fue lo que hizo que aprendiera inglés. Quiero decir, que aprendiera a HABLAR inglés.

Y japonés, bueno, no tenía tanto contacto con japoneses (por otros problemas no tanto comunicativos, que también, sino culturales...), así que aunque mi japonés mejoró muchísimo, mejoró sobre todo mi comprensión y mi lectura. Si no quería perderme en el país y estar aparte, tenía que aprender a entender lo que me decía la gente, el vendedor, el dependiente de la tienda, la voz en el metro, la mujer del banco. Y a leer, a leer los signos en la calle, las letras rápidas en los programas de televisión (menos mal que estaban ahí), los carteles en el metro, los anuncios, los envases de comida, los folletos con las ofertas de las grandes superficies....Gracias a dios (a un dios japonés, sin duda), tenía mi 電子辞書, mi diccionario electrónico que reconocía los kanji...

Pero mientras que con inglés, que era un idioma en el que me comunicaba diariamente, como tenía una base fuerte, gané la fluidez que me faltaba, con el japonés – que lo usaba diariamente, pero menos y no para una comunicación directa – tenía que prestar mucha atención. Escuchar varias veces. Leer con calma. Apuntarlo todo en una libreta. Usar el 電子辞書. Sin esa atención, estaba perdida. Y cuando el mensaje era demasiado rápido para mí, y no podía entender, me frustraba.

Era muy frustrante estar en un país, aprendiendo la lengua, y sentirme perdida, aparte del resto del mundo. Mientras que para ellos el japonés es el idioma natural, están cómodos comunicándose en él, y conocen las reglas del lugar y de la interacción social, yo no. Ni yo, ni casi ninguno (por no decir ninguno, voy a dejar el beneficio de la duda a algunos afortunados) de los estudiantes internacionales de la universidad. Por eso nos pasábamos el tiempo juntos, en inglés. Ahí, en inglés, aunque viniendo de diferentes culturas, todos estábamos en comunicación, y nos sentíamos conectados, miembros de un mismo grupo: el grupo de los estudiantes internacionales de Kansai Gaidai. Y considerando que nuestra familia y amigos estaban a miles y miles de kilómetros de distancia, formar parte de ese grupo era importante. Aliviaba la soledad y las dificultades de vivir tan lejos, de no entender nada, la frustración.

Ahora, otra vez, estoy en otro país, experimentando una cosa parecida. Pero distinta. Porque aquí no pertenezco a ningún grupo. El único grupo al que aspiro es al “grupo de estudiantes y profesores de español en Calcuta”. Pero los miembros de este grupo comparten un mismo idioma que no es el español, sino el bengalí, que yo no entiendo. Y además, pertenecen a otro grupo más grande: el grupo de “bengalíes en Calcuta”, que es enorme. Además de a su círculo de amistades y su familia. Y todos esos grupos funcionan en bengalí.

Por eso mi dedicación a aprender bengalí: para formar parte del grupo. Pero no es fácil, y el camino está lleno de frustración, mucha más frustración que en Japón. Allí, al menos, tenía mi grupo de “estudiantes internacionales”, funcionando en inglés, donde tenía mi refugio. Como dije antes, aquí no tengo grupo. Es como estar en Japón pero sin el apoyo de los estudiantes internacionales, y sin conocimiento alguno de la lengua nativa: como intentar entrar en el grupo de japoneses directamente, sola, y sin saber japonés ni las reglas de la interacción social. Cámbiese japonés por bengalí.

¿Qué por qué no me busco otro grupo, un grupo de “internacionales”, que funcione en inglés? Pues por dos razones muy sencillas: 1, no hay, y 2, aunque hubiera, no quiero.

¿Qué por qué me quejo entonces? Pues....porque es muy frustrante.

Y no quiero porque justamente por entrar en el grupo de “internacionales”, no aprendí tanto japonés ni tanto sobre Japón como podría haber aprendido. No me acabé de meter en la cultura. Si, volví a mi casa haciendo reverencias, diciendo “hai” en lugar de “sí”, siendo superamable y pidiendo todo de la manera más indirecta posible, levantándome a las 6 de la mañana para desayunar con té verde y comiendo fideos de soba todo el tiempo con palillos. Si me hubiera quedado un año más, me habría empapado más de la cultura japonesa y la habría entendido mejor. Pero no fue así. Lo que pasó fue que mi inglés mejoró mucho, y que conocí a gente de muchos países, que también es algo fantástico, pero no fue lo que fui a buscar.

Vivo en India. No es un año de estudios, sabiendo que luego voy a volver a España. No, yo vivo aquí, en Calcuta, y si voy a volver a España o no, o si me voy a marchar a Zimbwawe, pues no lo sé. No hay fecha límite a la vista. Por eso veo mi estancia aquí desde una perspectiva distinta: la perspectiva de la supervivencia. Tengo que introducirme en la cultura, en el grupo, o sí o sí. No hacerlo sería un suicidio, alienarme para el resto de los X años que me quedan aquí.

Pero, ¿no dices que hay un grupo de estudiantes y profesores de español? Ellos hablan español, ¿no? Entonces, tiene que ser fácil, ¿no?

A primera vista, sí. Pero en cuanto estás con parte del grupo (más de uno o dos), inmediatamente, el bengalí va a aparecer. Es normal. Comparten una lengua, ¿por qué no van a usarla? Es una estrategia comunicativa natural, la más natural de todas: usar la lengua materna. ¿Se dan cuenta de que no entiendo nada de lo que están diciendo? ¿Se dan cuenta de la frustración que provoca querer entender y hablar y no poder hacerlo porque tienes un bloqueo por tanto deseo? ¿Se dan cuenta de que así me ponen inmediatamente fuera el grupo, aparte? Y si se dan cuenta, ¿debería importarles?

A lo mejor, la respuesta a todas esas preguntas, es no.

¿Qué puedes hacer entonces? De momento, ver Nayok tantas veces como pueda hasta entender los diálogos...

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