miércoles, enero 08, 2014

Tres años en la ciudad

Muchas entradas van de aniversarios y celebraciones. Empezando por la de mi cumpleaños, siguiendo por las navidades, ahora toca el aniversario de mi llegada a India, hace ya tres años, cuando un 8 de enero Bangalore nos sorprendió a mi padre y a mí con su calor a las dos de la madrugada, un aeropuerto modernísimo y una carretera llena de baches en la que nos dirigimos a la ciudad en un coche cuyas puertas no cerraban.

He titulado la entrada "Tres años en la ciudad", a juego con el libro de Amit Chaudhuri del que ya he hablado en este blog, aunque mis tres años en Calcuta, que tocan este año, propiamente se cumplirán en agosto. Sin embargo, siguen siendo tres años, tres años en el subcontinente, si preferís: pero me hacía más gracia jugar con el título del libro.


by me.

Hace unos días, una amiga de Aritra vino a Calcuta de visita desde Bangalore. Antes de volver, quería ir de compras por Calcuta, así que mi amigo me llamó para que le ayudara a llevarla por New Market, porque para estas cosas de compras de chicas, él no tenía ni idea. Así que allá fuimos los tres por las calles y las tiendas, y yo le iba indicando dónde podía encontrar lo que buscaba, y dónde había mejores precios. Recordé que mi primer año, en una de mis primeras incursiones en este laberinto comercial, me llevé a dos alumnas del primer curso para que me ayudaran: tenía que comprarme un sari para la boda de otra alumna y no tenía ni idea de cómo ni dónde hacerlo. Ahora era yo la guía, y eso que no acostumbro a comprar en esta zona, que siempre está tan concurrida que me resulta asfixiante. 

Mientras ella compraba, yo me quedaba a su lado para asegurarme de que no le pedían precios exorbitantes y echar un vistazo al material, hasta que de repente Aritra me dice que mejor sería que nos alejáramos de ella y la dejáramos comprar sola. ¿Por qué?, le pregunté. "Porque en cuanto te ven, suben el precio". Era cierto: su amiga tardaba mucho menos comprando si no estaba yo al lado, porque no tenía que regatear tanto. Y es que se me había olvidado que soy extranjera.

¿Cómo iba a recordarlo? La extranjera en realidad era ella, ella era la que no conocía nada de Calcuta, era ella la que necesitaba ayuda, no yo. Pero, ay, el color de piel es más visible que la experiencia, y yo no llevo ningún cartelito de "yo vivo aquí, no soy una turista" pegado en la frente. 

El pasado domingo, tenía que ir al pueblo donde vive Kashinath, al que le había prometido que volvería a su casa. En lugar de ir a su casa, me llevó a la casa de una familia amiga suya, una familia que ocupaba toda una planta de un edificio (cuatro apartamentos). Habían insistido mucho en que yo fuera allí, no realmente para conocerme, sino para observar a una extranjera con sus propios ojos, en su casa, quizá hasta para vanagloriarse ante los vecinos de que la primera extranjera que pisa el barrio come en su casa. La extranjeri-dad, a pesar de que saben que llevo viviendo en la ciudad tres años, pesa más, y no les interesa ninguna otra cosa. Era como llevar una valiosa pieza de exhibición de casa en casa y por el barrio.

El punto más absurdo de la tarde fue cuando el hijo de la familia, Sayan, se puso a enseñarme fotos de Murshidabad, donde habían estado aproximadamente los mismos días que yo estuve allí. Me preguntó si había estado allí, y le dije que sí, que había visto esto y aquello, y él se puso a enseñarme eso, las fotos de exactamente los mismos lugares que yo le había dicho, y a explicarme su historia como si yo nunca hubiera estado allí. Cuando en una de estas me enseña una casa, y me dice que no recuerda exactamente qué era, yo le respondo: "Esta es la casa de Jagat Seth", y el me dice "no, no, esa es otra". Se lo aseguré varias veces, aludiendo a mi experiencia de hace apenas unos días, pero me ignoró y siguió adelante contándome con detalle todas las cosas que ya había visto, oído, tocado y saboreado. De tan absurdo, al menos, fui incapaz de enfadarme.

Esto fue solo el principio. Después, tocó la tortura de rechazar de la manera más cortés posible - si es que existe una manera cortés de rechazar una invitación cuando ésta se vuelve tan insistente que deja de ser cortés en sí misma -, los kilos de comida con los que pretendían atiborrarme, sobre todo de dulces, de los que me hablaban como si nunca los hubiera visto en mi vida: "esto es rasgulla, esto es sandesh, esto es blablablesh", y un largo etcétera, insistiendo en que "al menos" los probara: pero es que yo ya los he probado, llevo tres años viviendo en Calcuta, repito, y sé que no me gustan, muchas gracias, pero no. Luego llegó el momento de "oh, necesita una cuchara", pero no, no necesito una cuchara para comer, sé comer con la mano perfectamente, gracias. Y su mirada atónita cuando empecé a mezclar el arroz con las lentejas y las verduras y a hacer bolitas y comérmelas, y que se me atragantaron de tanto que me miraban.

Lo peor son las preguntas. Al principio, cuando eres nuevo en el país, cuando eres realmente extranjero, pues te hacen incluso gracia, de la curiosidad que tienen, de las preguntas a veces incómodas que te hacen sin cortarse lo más mínimo, porque estás fascinado por la novedad. Pero después de tres años, ellos están fascinados por la novedad que es una, pero para mí, ellos han dejado de ser novedad hace mucho tiempo. Llega un momento en el que tener que responder por millonésima vez a las mismas preguntas, después de tres años, resulta penoso:

¿Eres de Madrid o de Barcelona? ¿Oh, no eres de allí? ¿Y a cuántos kilómetros de Madrid / Barcelona vives? ¿Te gusta el fútbol? ¿Eres del Madrid o del Barcelona? Oh, ¿Existe un equipo de fútbol en tu ciudad? Oh, ¿que vives al lado del mar? ¡Qué bonito! ¿Y a qué distancia está el mar de tu casa? ¿Y hace frío en tu ciudad? ¿Y hace calor? ¿Y qué comes? ¿Y tu familia es vegetariana? ¿Y cómo es que eres vegetariana tú pero tus padres no? ¿Y te gusta India? ¿Qué te gusta más? ¿Y cuántas personas hay en tu familia? ¿Y no tienes hermanos? ¿Pero tienes primos, no? Y tus padres, ¿viven solos? ¿Y hasta cuándo vas a quedarte aquí? ¿Y por qué has venido a India? ¿No prefieres los Estados Unidos? ¿Y cómo has aprendido bengalí? ¿Y puedes vestir sari? ¿Y estás casada? ¿No? ¿Y cuándo te vas a casar? ¿Vas a casarte en España? ¿Cuándo vas a ir a España otra vez? ¿Y te vas a casar cuando vayas? ¿Y conoces las canciones de Rabindranath Tagore? ¿Por qué no nos cantas una canción de tu país? ¿No quieres comer dulces?

Todo esto es aún más ridículo cuando ellos ni siquiera tienen que hablarme en inglés, me preguntan en bengalí y yo les respondo en banglish.

Lo peor, en realidad, no son las preguntas. Lo peor es ver que ellos están todos ilusionados y que te preguntan con curiosa simpleza, saber que son simpáticos y que intentan ser amables, pero que todas esas  buenas intenciones te molestan, te resultan agobiantes, cotillas y unos pelmazos.

Porque ya son tres años en la ciudad. Porque una ya no es una extranjera. Es en esos momentos cuando pienso que si hubiera un solarium en Calcuta, yo sería la cliente número uno. Pero no hay solariums y ni voy a dejar de ser una española en Calcuta, por mucho que se me olvide a veces.

Y, ¿qué es ser española? ¿Qué es ser extranjera? ¿Qué es ser "de aquí"? ¿De dónde se es? 

Cuando estaba en Murshidabad, con la familia de Aritra, viendo los monumentos, los guías - no sé si oficiales o no - intentaban acosarnos para que compráramos sus servicios, y el tío Anup se las pasaba diciendo que no, que ellos eran de allí (amra ekhankari, con énfasis, "de aquí"), que ya sabían la historia, que no les hacía falta guía, que no eran turistas. Bueno, incluso ellos, claramente indios, tienen que enfrentarse a veces a este problema. Otras veces, me he hecho pasar por una probashi bangali, es decir, una bengalí nacida fuera de Bengala, y ha colado bastante bien, no consideraban raro que yo fuera, de algún modo, de allí. Este año, cuando fui de viaje con mis padres a Agra (viaje que tengo pendiente de comentar en el blog), fui a pedir unas entradas para ver un monumento, yo sola, sin mis padres, y el hombre inmediatamente me dio tres entradas a precio indio, sin asomo de duda. Tuve que decirle yo que no, que me las diera de extranjero, porque si bien yo podría pasar, mis padres obviamente no, y nos meteríamos en problemas con el guardia en la puerta de acceso.

Por otro lado, ese mismo día que acabé de guía comercial por New Market, me sentía un poco nostálgica de España. Creo que era el día 1 o 2 de enero. Me dije, "chica, ve al Raj's Café a tomarte lo que sería un pincho de tortilla", para sentirme un poco menos lejos. El Raj's Café es una cafetería-restaurante cuyo dueño, Raj, habla español maravillosamente, y tienen una carta con comida española e italiana bastante auténtica (e incluso ahora, mexicana, aunque no la he probado todavía). Pero la tortilla, me había olvidado, es decepcionante: parece que la hacen con patata cocida, y siempre le falta sal. Para arruinarla todavía más, le habían echado un chorro de aceite de oliva por encima, con lo cual no sabía más que a puré de patatas con aceite de oliva, que no está mal pero no era lo que quería saborear. Además, me di cuenta, por primera vez - más vale tarde que nunca - de por qué esa tortilla me sabe tan rara: y es que no tiene cebolla. Pero todo esto, que no me gustaba la tortilla de Raj's (aunque tiene otras cosas que me encantan), se me había olvidado. Y también se me habían olvidado otras cosas, cosas que no me gustan de España, cosas que no me gustan de la mayoría de los turistas que vienen aquí. Cuando uno siente nostalgia, es porque se endulzan los recuerdos y olvidamos las razones por las que nos marchamos.

Y es que en una mesa cercana, había un pequeño grupo de españoles. Tres. Dos mujeres abandonando la juventud (aunque ellas no querrían que les dijeran esto, a juzgar por el maquillaje, la ropa, el tinte y el peinado, más acorde con la Plaza del Callao de Madrid, que con Sudder Street de Calcuta) y un hombre de mediana edad, mal conservado, gordo y gafapasta. Me diréis que no es un grupo muy representativo, y claro que no es representativo en general. Pero sí que eran "representativos" de un tipo de gente que realmente existe, que he observado muchos años. Un tipo de gente que se pone una máscara ya de maquillaje, ya de gafas cuadradas de pasta negra, pero la verdadera máscara es el barniz de gestos y palabras que adornan sus continentes sin contenido. Las mismas palabras insulsas, el mismo tono prepotente, despectivo, que se queja por quejarse, que critica por criticar, en el bar, solo que esta vez sin cerveza porque esto es Calcuta, no Madrid. Sea de la política del gobierno, de la crisis económica, del vecino del quinto o de las calles de Calcuta, de la miseria de India, de lo sucio que está todo. Sin saber nada al respecto de ningún tema del que hablan, sin conocer las causas, ni las consecuencias del problema, sin preocuparse por las posibles soluciones tampoco. Lo que está de moda es quejarse, y a ver quién se queja más alto, quién encuentra la mayor queja, quién es el más criticón: ese es el ganador de un concurso estúpido pero muy popular.

El hombre ya había estado en Calcuta antes. Una de las mujeres, con el pelo teñido de rojo, le escuchaba con falsa atención, más ocupada en detectar el momento en que meter baza y empezar a quejarse ella, que no iba a ser menos criticona. La otra, teñida de rubio, estaba de espaldas a mí y no podía ver la expresión de su cara para comprender su actitud, pero no hacía otra cosa que expresar su disgusto por todo. ¿Para qué vienen, entonces? ¿Para sentirse mejor con sus vidas cuando vuelvan a España?

Allí metidos, en un café español, haciendo lo mismo que harían en un bar en Madrid a las 5 de la tarde. ¿Para qué vienen?

Entre la tortilla sin cebolla y aquel grupillo y su conversación absurda, me quedó un amargo sabor de boca. Más que amargo, vergonzoso. La nostalgia se esfumó antes de que me terminara la tortilla.

Yo no sé de dónde soy... Pero esto ya lo dijo Jorge Drexler.





1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantaria viajar a la India, debe ser preciosa. Espero que te guste este documnental http://www.ciberdocumentales.com/ver/1682/india--un-lugar----una-sensacion/. Un saludo.

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