Mostrando entradas con la etiqueta India. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta India. Mostrar todas las entradas

lunes, noviembre 03, 2014

Las lenguas de India: del sánscrito al bengalí. (Parte I)

Lenguas indoeuropeas se extienden por los dos continentes entre los que vivo. Paso de un extremo a otro, de la frontera más oriental a la más occidental de los reinos lingüísticos. Cierto, la lengua indoeuropea más occidental es el islandés, pero el gallego también está en el abismo del Océano Atlántico. Por otro lado, el bengalí y el asamés son las lenguas indoeuropeas más orientales. Entre ellas, un amplísimo espectro de lenguas indoeuropeas se despliega, conviviendo con otras familias lingüísticas.

Trazar el origen del bengalí es trazar la historia de India. Desde los habitantes originales del subcontinente pasando por la invasión aria, sin olvidarnos de las invasiones turca, afgana, inglesa, portuguesa, francesa; una intrincada madeja que desenredar.

Pero hay buenas noticias: ya se ha desenredado. Lo hizo Suniti Kumar Chatterjee en su libro The origin and development of Bengali language, que contiene más de 1000 páginas en las que se relata el desarrollo histórico y lingüístico de la India aria, de la India indoeuropea.


Todo empezó hace mucho, mucho tiempo. Seguramente ya habéis oído hablar de la civilización del Valle del Indo, o Harappa, y de la ciudad de Mohenjo-Daro. Y si no habéis oído hablar de ellas, ya podéis ir viendo este vídeo de The Crash Course que explica lo básico. La India de Mohenjo-Daro es una India pre-indoeuropea, y su idioma está todavía sin descrifrar, aunque ya ha habido varios avances gracias a los persistentes intentos de leerlo (de entre los que uno de los más interesantes es, desde mi punto de vista, el de Rajesh Rao que podéis ver en TED Talks). La mayoría de los estudios - aunque no todos - están de acuerdo en que no es una lengua indoeuropea, sino dravídica, familia a la que pertenecen las lenguas que se hablan hoy en día en el sur de la India. A pesar de que todavía no se ha descifrado la lengua de Harappa, hay otras razones, para sostener la hipótesis dravídica:

1) En la zona de la actual Pakistán, se habla aún una lengua dravídica, el brahui, a flote rodeada de lenguas indoeuropeas. Hay otras pequeñas islas de lenguas dravídicas en el norte de India, de habla indoeuropea, cada vez más abundantes a medida que bajamos hacia el sur.

2) Las ideas escritas en los Vedas, sobre todo en el RigVeda, escritos en una lengua indoeuropea, son radicalmente diferentes de las ideas presentadas en los textos dravídicos más antiguos. Los Vedas muestran una perspectiva de la vida y del mundo típica de pueblos conquistadores y guerreros, acostumbrados a pelear, y hablan de caballos, carros, armas, etc. En los restos arqueológicos de la civilización del Valle del Indo, en cambio, no hay restos de caballos ni de carros (no tenían la rueda) ni de armas.

3) Las diferencias étnicas y genéticas entre los indios del norte y los del sur.

4) El sustrato dravídico que existe en las actuales lenguas indias. La compleja gramática de la lengua en que están escritos los Vedas siguió un proceso de simplificación influenciada por las dravídicas (simplificación del sistema temporal verbal, pérdida de las formas modales, y de los modos excepto el indicativo, etc.), y también ciertas modificaciones fonéticas (escasez de consonantes fricativas, presencia de consonantes retroflejas), rasgos típicos de las lenguas dravídicas. Las lenguas indoeuropeas no indias, incluso su más antigua lengua hermana, el avéstico, de la vecina Irán, no muestran esas características.


El mejor mapa lingüístico de India que he encontrado


A las lenguas de India se las llama "Indo-Arias", para diferenciarlas de las lenguas indoeuropeas no indias y de las lenguas indias no indoeuropeas, a partir del nombre común de "ario" que se ha dado a los diferentes pueblos y tribus de lengua y cultura indoeuropea que entraron por oleadas en India vía Mesopotamia (hipótesis que Chatterjee apoya por la similitud de algunos nombres mesopotámicos con palabras indias, las coincidencias entre algunas deidades y mitos, como el del Diluvio Universal, y por las pruebas arqueológicas de objetos Babilónicos encontrados incluso en la India Central). Las lenguas indoeuropeas que hablaban estos primeros grupos de invasores se denominan "Antiguo Indo-Ario" , y es una de estas lenguas la registrada en los Vedas, que por comodidad y a falta de un nombre mejor, se denomina Védico. Entre los cuatro libros de los Vedas hay algunas divergencias, lo que demuestra que los arios no eran un grupo unido que hablaba una sola lengua, sino que había pequeñas diferencias dialectales, como es natural en cualquier territorio amplio con concentraciones de población dispersas.

Las antiguas lenguas indo-arias evolucionaron en las líneas de simplificación que expliqué brevemente arriba, en el punto 4, como se ve en la lengua literaria que se eligió para escribir los Brahmanas, los siguientes textos religiosos y culturales más importantes después de los Vedas. En el territorio conquistado por los arios, que hacia el año 1000 a. C. se extendía desde lo que hoy es Afganistán hasta Bihar - el Aryavarta - se hablaban diferentes variantes de ese Antiguo Indo-Ario en un continuo en el que sólo las lenguas de tierras más cercanas serían claramente inteligibles. Era la lengua literaria (el Védico, la lengua de los Brahmanas) la que los unía de un extremo a otro.

Sin embargo, siguiendo el curso de evolución lingüística natural, las lenguas vernáculas se distanciaban cada vez más y más de aquella lengua literaria en la que se escribía - y también unas de otras. Durante los siglos VII y VI a.C., los sacerdotes y profesores Brahmins y la aristocracia guerrera Ksatriya - es decir, las clases altas - intentaron por todos los medios preservar la pureza de su lengua, marcar claramente la diferencia entre su lengua y las lenguas "vulgares" que hablaba la mayoría de la población. Para ello intentaron acercar sus dialectos al Védico de los antiguos textos, especialmente en cuestiones fonéticas. Esto afectó sobre todo en la zona más oriental, la zona de lo que es hoy Bihar, antes Magadha, puesto que era la más divergente de todas, al estar en la frontera y con una mayor influencia de la población dravídica original, además de otras tribus indígenas, como los Kol. Es decir, que en esta zona había una mayor diferencia entre la lengua ideal que las clases altas querían hablar y mantener, y las lenguas vernáculas y las variaciones dialectales de éstas que hablaba el pueblo llano.

De hecho, estas lenguas orientales estaban estigmatizadas, y se consideraban mejores las lenguas y dialectos del Noroeste (lo que es hoy Afganistán y Pakistán). Prueba de ello es que en las obras de teatro de la época, las clases bajas hablaban en Magadhi, aunque en un dialecto depurado y literario; pero éste nunca era usado por los personajes pertenecientes a clases altas. También se menciona en el Kausitaki Brahmana:

"tasmaad udiicyaam disi pra-jñata-taraa vaag udyata,
udanñca u eeva yanti vaacam siksitum, yoo vaa tata aa
gacchati, tasya vaa susruusanta iti."

"En las tierras del norte el habla es pronunciada con mayor claridad,
y hacia el norte van los hombres a aprender a hablar,
y aquel que vuelve de allí es escuchado por todos."
(traducido por mí al español desde la traducción al inglés, no del original, no os vayáis a pensar)

Además, en la actual Afganistán estaba la antigua región de Gandhara, donde existía una ciudad, Takhsashila, en la que había una famosa universidad, donde se enseñaba en una lengua indo-aria muy cercana al Védico. Allí vivía Panini, el primer intelectual indio que compiló una gramática de la lengua literaria depurada que él mismo estandarizó al escribir su gramática, titulada Astadhyayi, en el siglo V a.C. Panini llamó a esa lengua literaria "samskrta" (construida, refinada), es decir, el sánscrito. Para él, que vivía en la zona más al noroeste, esta lengua literaria era muy cercana a la lengua que hablaba, aunque fuera más depurada, por lo que la llamó también "laukika", es decir, "de la gente". Sin embargo, el siguiente intelectual en escribir una gramática del sánscrito, Patañjali, lo denominó "deva-bhasa", es decir, "lengua de los dioses"; tres siglos después del Panini, en el II a.C.

El sánscrito era la lengua literaria, administrativa y oficial, en la que se escribían los documentos importantes, las inscripciones en piedra que dejaban los reyes, las obras literarias; pero como lengua viva, hablada, sólo se usaba en la corte. Y como toda lengua que se habla, enseguida empezó a mostrar divergencias de unas regiones a otras. Pero, a pesar de todo, era la lengua franca, la lengua en la que se entendían de oeste a este y de norte a sur de Aryavarta. Un poco como fue el latín en Europa en la Edad Media. Todo lo que se escribía se adaptaba a las reglas dictadas por Panini, que se consideraban el "cómo debía ser" la lengua literaria en su perfección. Las canciones, leyendas, cuentos que habían pertenecido a la lengua oral y se registraban por escrito, también se modificaban para acercar su idioma lo más posible al sánscrito prescrito por Panini.

No obstante, algunas formas eran prácticamente imposibles de cambiar y se preservaban tal cual, justificando su presencia en el texto diciendo que "así lo dijeron los sabios (rishis)". Además, las personas que sabían escribir y creaban o transcribían, habían aprendido el sánscrito como una segunda lengua, pero ellos hablaban en su vida diaria sus lenguas vernáculas maternas, algunas ni siquiera indo-europeas, sino dravídicas. Por lo tanto, no podían evitar usar en sánscrito expresiones calcadas de sus lenguas maternas, puesto que su trabajo era, en cierto modo, una traducción. Poco a poco fueron ejerciendo una influencia sobre el sánscrito como lengua, que gracias a ellos no se quedó petrificada en la gramática de Panini, sino que fue evolucionando, cambiado su morfología en favor de raíces provenientes de lenguas vernáculas, aumentando su vocabulario con palabras dravídicas e incluso con préstamos del griego o del persa, alterando su sintaxis, simplificando más y más su sistema verbal.

Estamos ya no en la época del Antiguo Indo-Ario, sino que hemos entrado en la era del Indo-Ario Medio.

Y hasta aquí puedo leer, por ahora.



Nota: No le he puesto - ni le voy a poner - los símbolos diacríticos al sánscrito porque no sé cómo hacerlo. Si algún día descubro cómo conseguirlo de una manera sencilla, los añadiré.

domingo, octubre 19, 2014

La historia del té en India

Cuando mencionamos la palabra "India", ciertas imágenes surgen en nuestra cabeza, evocaciones inmediatas que se han instalado en nuestra memoria a través de cuentos, documentales, películas y quizá alguna clase de historia. Entre esas imágenes, una será sin duda, el té.


Y sin embargo, no siempre fue así. Este reciente artículo de la página de noticias Scroll.in sobre la historia del té en la India me ha parecido tan interesante que no he podido resistirme a compartirlo con vosotros, no traducido literalmente, sino parafraseado. En el enlace tenéis el original en inglés.

La planta del té es de origen chino, y fueron los británicos quienes, completamente hechizados por la bebida, la importaron a India y empezaron a cultivarla usando mano de obra nativa. Al principio, toda la producción de té se exportaba a Gran Bretaña, así que los indios que la trabajan ni siquiera llegaban a probar el producto. No obstante, llegado cierto momento de crisis económica, al principio del siglo XX, en el que bajó el consumo de té y por lo tanto, su lucrativo negocio de exportación, los británicos miraron a su alrededor en busca de nuevos mercados para el té. Y girando su vista 360º grados, lo encontraron en la inmensidad de India.

Así que empezó una gran campaña de marketing para convencer a los indios para que compraran y consumieran té. No fue fácil. No estaban habituados a aquella mezcla caliente, y muchas voces se alzaron  en contra de aquella bebida colonial. Entre ellas, la de Mahatma Gandhi, quien en 1942 dijo: "En mi opinión, la utilidad del té, si es que tiene alguna, es que es una bebida caliente y dulce que contiene un poco leche. Los mismos efectos se podrían conseguir bebiendo una mezcla de agua caliente con un poco de leche y azúcar." 

Los Británicos fundaron un comité para promover el consumo del té en India, el Indian Tea Market Expansion Board. Diseñaron anuncios especialmente atractivos para el público indio en el que tenían que detallar las instrucciones de uso de aquellas extranjeras hojitas. Para aumentar el consumo de té no sólo regalaron té en ciudades y aldeas a precios irrisorios, sino que tuvieron la feliz idea de poner puestos de té en todas las estaciones de tren y puertos, práctica que se conserva hoy en día. Ni que decir que tuvieron un enorme éxito.

La empresaria hostelera india Priya Paul ha coleccionado y conservado muchos de aquellos anuncios que los británicos diseñaron para promover el té entre los indios. La mayoría de ellos siguen una estrategia muy sencilla: mostrar el beber té como una actividad deseable, que el público tuviera ganas de imitar. Algunos mostraban además el té como si fuera un regalo de los indios a los colonos británicos. Otros, anuncios ya hechos por compañías indias tras la Independencia del país en 1947, presentaban al té como un producto 100% Swadeshi, es decir, 100% indio.

Estos son algunos de los anuncios:





En el artículo original tenéis algunas fotos más.

sábado, octubre 18, 2014

Música made in India (Segunda Parte)

En cualquiera casa que se precie hay un lugar dónde acumulamos todo tipo de objetos. Podría decir que "guardamos", pero no me parece un verbo adecuado porque no implica la desorganización que contiene acumular. Cuando abrimos la puerta de dicho lugar, no es raro que nos caigan encima cajas y cosas que no sabíamos que teníamos, y buscar algo en ellos es una auténtica pesadilla. 

Algo parecido es el panorama musical indio. Buscando no se encuentra nada, pero de repente, plas, te la pegas contra una canción y no hay quien te la despegue de la cabeza.

Peter Cat Recording Company 


son una banda de Nueva Delhi que entre esta ciudad y San Francisco graban sus temas. Han sacado dos discos, disponibles en Bandcamp, Wall of Want y Sinema. Con un sonido "sucio", un toque antiguo y al mismo tiempo muy muy electrónico, son autores de temas tan extraños y fascinantes como este, "Love Demons".


Yo estoy hechizada con esta canción.

The Ska Vengers


Esta banda de Nueva Delhi tiene, como la foto indica, un sonido entre jazz, reggae y local pequeño, que tiene su reclamo en la aterciopelada voz de la cantante, Miss Samara C.

De nuevo, en Bandcamp podemos encontrar sus canciones, además de la típica búsqueda de Youtube. Para ilustrar, os recomiendo este vídeo de la serie Chaiwalla Sessions (que podéis explorar, hay cosillas curiosas) con su canción "Gunshot", que grabaron en las calles de Mumbai, más exactamente en el puesto de té Neelam en Lower Parel:



Polémicos con sus letras (tienen un vídeo que cuestiona a Modi antes de que saliera elegido en las últimas elecciones generales como presidente de India, disponible en Youtube), el también polémico Q (sí, el de la película Tasher Desh, querid@s lectores) les ha dirigido un videoclip.

Plastic Parvati

Bajo este sugestivo nombre se esconde la cantante del grupo Ganesh Talkies, Suyasha Sen (otro pseudónimo más), en su iniciativa en solitario. Personalmente, prefiero sus canciones cortas y electrónicas a la línea general de la banda en la que canta. Tiene de todo, canciones en inglés, en bengalí, noñas, satíricas, no se corta a la hora de colgar en Soundcloud todo lo que le apetece. Siempre acompañada de fotos de gatos.




Sulk Station

Aunque de ellos ya he hablado en mi anterior entrada musical, y por lo tanto, no son ningún inesperado descubrimiento, por fin han sacadouna nueva canción. Aunque muy en la línea de las anteriores, esta nueva pista, Aur Nahi (Ya no más) es quizá más tranquila, para terminar esta entrada con calma y paz. 


viernes, octubre 10, 2014

Los Poetas Invisibles


Libros de enésima mano en College Street


Ayer descubrimos al nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura, el novelista francés Patrick Modiano. Os preguntaréis qué tiene que ver esta información con este blog. En principio, absolutamente nada. Sin embargo...

Hace 101 años que Rabindranath Tagore ganó el Premio Nobel de Literatura. Aunque este premio se otorga a la obra completa de un autor, Tagore fue premiado con una única obra traducida al inglés por él mismo, Song Offerings, que en la versión inglesa aglutinaba poemas de obras bengalíes distintas, no coincidente 100% con el Gitanjali bengalí, y también una colección de poemas que había traducido poco antes, The Gardener. Las otras dos obras que él mismo tradujo al inglés se tradujeron y publicaron después de que le dieran el Nobel. Es decir, que le premiaron sin haber leído la mayor parte de su obra. Con esto no estoy diciendo que se lo dieran inmerecidamente: creo que si hubieran podido leer más de sus obras, Tagore habría recibido el Nobel mucho antes. 

Y sin embargo durante estos 101 años, ningún otro indio ha sido galardonado con el Nobel, ni siquiera ha sido barajado como candidato a serlo. China sí, Japón sí, pero nada del subcontinente indio. El problema sigue siendo el mismo: la escasez de traducciones, y la mala calidad de la mayoría. A pesar de la anunciadísima muerte del libro, las editoriales siguen publicando en papel, colocando los últimos éxitos de masas en las estanterías. La literatura popular invade los escaparates de las librerías, pero no vemos en ellas nada de la abundante literatura de masas que el segundo país más poblado del mundo está escribiendo hoy en día. Diréis que exagero, que algo llega. Y es cierto, algún volumen se cuela en nuestras librerías, pero llegan con disimulo, casi con miedo, como si la editoriales temieran llamar la atención sobre las novelas indias que están publicando, con la excepción - a todo el párrafo - de Salman Rushdie.

Busco en la página de los Premios Nobel información sobre Tagore. Contiene una correcta y breve biografía, y un par de líneas que me hacen detenerme: "Para el mundo, él se convirtió en la voz de la herencia espiritual India."

Y es que efectivamente, esa es la visión que desde el rabillo del ojo tenemos de India: un país profundamente espiritual, sin nada más que contarnos que el karma y el yoga. Tagore, como uno de los cuatro puntos de referencia de India que tenemos, se ha imbuido de todo - lo poco que - sabemos del país, incluso con cosas con las que quizá él no estaría de acuerdo.

Hay mucho más en el cosmos indio que espiritualidad, vacas y castas, colores y saris, especias y la fiesta de Holi. Tagore no es un santón vestido de blanco en vez de azafrán. Y la literatura india no se terminó en Tagore. Ni en Salman Rushdie, ni en Arundhati Roy.

Escribo esto, inspirada por un brillante artículo de Scroll.in (página de noticias india que recomiendo a todo aquel o aquella interesado en el país), para romper una lanza por todos los escritores indios que no se llevaron ningún premio ni fueron conocidos más allá, en ocasiones, de las fronteras de sus propios estados. Y es que uno de los grandes problemas es, como ya dije, el de las traducciones. Simplemente, no hay. Nos estamos perdiendo a poetas de la talla de Jibanananda Das o Nirmala, a novelistas como Bibhutibushan Bandhopadhyay o Premchand, a dramaturgos como Dwijendralal Ray o N.Krishna Pillai.

Estos ya están muertos y no sería posible darles el Premio Nobel. Tampoco es que importe mucho, aunque ciertamente aporta una visibilidad que le vendría bien a la literatura india. Pero en un país tan poblado como éste, hay muchos otros, vivitos y escribiendo, que bien podrían empezar a ser traducidos, publicados y leídos. 

jueves, agosto 14, 2014

Instantáneas


Telarañas de nubes en College Row





De la colección de Candados de Calcuta




Vidas paralelas



Cuenta los cuadrados



Vecindario



Las líneas del destino



Después de la tertulia

viernes, enero 03, 2014

Más música india para empezar bien el año

Hoy toca en Calcuta el grupo de música indie Tadjar Junaid :)


jueves, diciembre 26, 2013

Navidades fuera de casa. Murshidabad

Aunque ya empieza a parecerme normal pasar las navidades fuera de casa, sola, sigue siendo algo que odio con todas mis fuerzas. De repente, todas esas comidas familiares llenas de discusiones absurdas y en la que sobran los postres de tanta comida como hay en la mesa, todos esos días oscuros, de frío húmedo que te perfora los huesos, de viento y lluvia y niebla, todos esos anuncios navideños edulcorados y sexistas, parecen el paraíso. Echas de menos el incordio de tener que ir comprar regalos, de pasarte horas envolviéndolos y inventándote lacitos de adorno que marquen una diferencia entre tus regalos y los del resto, porque en general, lo que va a dentro, viene a ser lo mismo de todos los años. Echas de menos las colas en la panadería para ir a comprar mazapanes "caseros", el olor a almendras que impregna las calles y las cocinas, las luces que deslumbran a los conductores y causan accidentes. Y los villancicos. De repente, te descubres cantando "Campana sobre campana" en la ducha, y no sabes cómo ha sido que la Navidad ha venido.

Sin embargo, este año, he descubierto un tratamiento paliativo para la nostalgia navideña: pasarla con otra familia. Aunque sea una familia que ni siquiera celebre la navidad.

Aritra me invitó a pasar unos días en su casa, precisamente estos días navideños, Nochebuena incluida. Yo acepté, encantada de poder pasar las navidades en un lugar diferente, y además, en plan familiar, por variar un poco. Y aún encima, por si hicieran falta más razones para aceptar, la casa de mi amigo está en Lalgola, en Murshidabad, una zona donde hay multitud de monumentos históricos, y que tiene una importancia fundamental en la historia de India: allí tuvo lugar la batalla de Plassey.

En esta zona de influencia musulmana, en la que los Nawabs eran los gobernantes, los franceses, holandeses y portugueses habían instalado pequeños puestos comerciantes. Pero llegaron los ingleses, con Robert Clive al frente, y le plantaron cara al Nawab del momento, Siraj-ud-Dhaula, que se negaba a pactar con ellos. Fue una pequeña batalla, pero la mitad del ejército del Nawab desertó en plena lucha, abandonando las filas, pensando únicamente en los sustanciosos beneficios ofrecidos por los ingleses si se pasaban a su bando. Así que los indios perdieron esta pequeña batalla en una esquinita del país, que resultó ni más ni menos que en la colonización de todo el subcontinente. Claro que esto, ellos que luchaban, no tenían manera de saberlo todavía.

Salimos a las 6.50 de la mañana de la estación de tren de Kolkata, la más moderna (ni Sealdah ni Haorah) y la más al norte, con un frío que pelaba, en el Hazarduari Express. Tras cuatro largas horas de viaje, en las que un grupo de mujeres bengalíes no dejaba de reírse ruidosamente, con la solidaridad de quien no quiere que nadie duerma en todo el vagón, los vendedores de cosas no dejaban de pasar pregonando su mercancía, y en las que los vecinos de asiento resultaron ser editores una revista literaria (como no podía ser de otra manera, aquí en Bengala), de la que nos regalaron dos ejemplares, uno a cada uno, y se interesaron por los poemas de mi amigo, por fin llegamos a Lalgola. Una pequeña estación rodeada de campos de mostaza y de plátanos:


Campos dorados de mostaza, no de trigo.

Allí en la estación tomamos un pequeño bici-rickshaw, cruzando el mercado, hasta llegar a su casa. 

La verdad es que no sabía que esperar, pero no me esperaba lo que encontré. Rodeado de un muro blanco, una puerta metálica en blanco y negro, bajo un arco negro, daba paso a un espacioso patio, con árboles plantados sin ton ni son, una fuente que bombeaba agua, como las que hay en Calcuta por la calle, y un pozo abandonado. En el terreno había dos casas unidas por una galería enrejada. Desde la galería nos saludaban tres o cuatro caras desconocidas para mí, aunque identifiqué una enseguida: la madre de Aritra. La puerta de una de las casas estaba abierta, y entramos por ella. La planta baja estaba como abandonada, en penumbra, y tras abrir una reja, subimos las escaleras hasta la primera planta. Allí estaban la madre y el tío de mi amigo, y al otro lado de una reja, la tía y una de las sirvientas, una mujer que parecía más bien un cadáver envuelto en un sari.

Tras los saludos y las presentaciones, me llevaron a una habitación con sillas y una televisión grande de tubo, tapada por una toalla. En la habitación, el tío, Anup, un hombre que al que la palabra bonachón le iba como anillo al dedo, me presentó las fotos que adornaban la habitación: una foto del difunto padre y de la madre de mi amigo cuando eran jóvenes (guapísimos) y de la abuela. Allí dejé mis cosas, y me llevaron a otra habitación al final de la baranda, el comedor. Allí, había un par de sillas, una mesilla, una mesa de plástico con un mantel de hule, una cama doble al lado de la ventana, un par de armarios y una nevera, más fotos familiares y un dibujo de la abuela, ya viuda, envuelta en un sari blanco y sin blusa.

La casa tenía sólo una habitación más, la de Aritra, la más grande con diferencia, tras la que también había un balcón acristalado desde el que se veía su escuela, más casas, un lago que fue grande, y un montón de basura por la que pastaban unas cabras vestidas con chaquetas y camisas viejas, como para protegerlas del frío. En medio del comedor y la habitación, había un pequeño pasillo que hacía de cocina.

Además de la madre y los tíos de mi amigo, los otros habitantes de la casa eran unos diez gatos, algunos apenas bebés, todos con su nombre, aunque sólo recuerdo a Bhutu, una gata blanca con una mancha negra en la cabeza, y a Kalua, su hija, una gata blanquinegra muy inquieta, que más que maullar parecía que balaba.


El pasillo que une y divide las dos residencias.


¡Qué monos!





Me habría llevado a este pequeñín a casa si pudiera tenerlo en la Guest House...

Me prestaron ropa de cuando Aritra era adolescente para cambiarme y andar cómoda por casa, y me quedaba como un guante, sorprendentemente. Debía de ser un chico muy delgaducho. Enseguida la madre hizo té e intentaron que comiera algunos dulces, que es la habitual muestra de hospitalidad, aunque enseguida se hizo patente que no me gustan los dulces bengalíes y el resto de los días y de las visitas familiares, el tío Anup se las pasaba explicando, entre risas, que como muy sano y que me gusta el té con mucho jengibre, y que mejor no intentarme darme dulces, sino unas galletas.

Tras la comida casera (arroz, lentejas, patata cocida, pasta de semillas de amapola - "posto"-, y unas verduras), descansamos un rato. Mientras todo el mundo se echaba la siesta, yo me dediqué a leer y a pasear por la casa. El la planta de arriba, había un baño y una pequeña habitación con cinco ventanas. También una gran terraza, donde colgaban la ropa. Hacía un viento frío y se veía bajar la niebla a la vez que bajaba la noche. 

Por la tarde, empezaron las visitas familiares. Todos estaban avisados de que tenían una huésped extranjera, y estaban deseando conocerme. Así que primero fuimos a casa de otra tía, una casa que también parecía grande, pero que como estaba encajonada en medio del pueblo entre otras casas, no vi más que una entrada estrecha en la que nos sentamos y tomamos té. Mientras hablaban en bengalí, me entró un sueño horrible (la noche anterior no había dormido nada, y había sido incapaz de echarme la siesta), y me quedé dormida en la silla durante casi una hora. Pero les pareció gracioso y querían volver a invitarme, aunque no había tiempo para más: quedaban todavía muchas otras visitas programadas para los días siguientes.

Después, fuimos a un cine local. Estos días se había estrenado una película bengalí basada en una famosísima novela de uno de los novelistas bengalíes más aclamados, del que ya hablé en aquella entrada de hace ahora un año, cuando fui a Bongaon y crucé la frontera con Bangladesh: Bibhutibhusan Bandhopadhyay. El año pasado visité su casa, luego intenté leer Chander Pahar, una de sus novelas de aventuras, y este año sacaron una película - la más cara de la historia del cine bengalí - basada en esta misma novela. El actor de moda de las películas románticas, Dev, había sido elegido para encarnar al protagonista, y Aritra no hacía más que protestar por la elección, porque era demasiado fuerte, alto y guapo para hacer de un chico pobre de pueblo que acaba convirtiéndose en un explorador en África.

Pero teníamos ganas de ir a ver la película, así que fuimos mi amigo, su tío, un primo y un amigo de su primo, y yo, a un cine, como digo, local. Un cine pequeño, con un patio de butacas y un gallinero minúsculo, de sillas como de sala de espera en hospitales. En las paredes y en el techo, que estaba recubierto de un entramado de fibras de bambú, colgaban ventiladores (no hay aire acondicionado aquí), aunque en invierno no hacía falta encenderlos. La pantalla era una gran sábana blanca colgada en la pared. La entrada valía 25 rupias.

La película daba pena. Duró tres horas, y todo lo que se gastaron en ir a filmarla a Sudáfrica, y en efectos especiales, repercutió en la calidad del guión, que parecía más bien una colección de viñetas de la novela, en lugar de una historia que pretendía ser lineal. Además, la dirección era malísima, la cámara imitaba a la de las telenovelas indias, que encuentro especialmente desagradables. Las telenovelas indias (y Chander Pahar), se caracterizan por movimientos de cámara repetitivos en los momentos dramáticos, que enfocan al mismo personaje tres o cuatro veces desde el mismo ángulo, acercándose hasta primeros planos de esos en los que se notan hasta las arrugas, un abuso de la música emotiva, y en los planos de acción, movimientos inconexos de la cámara que no dejan ver bien el fluir de la historia, que parecen cortados con un hacha. Se hacía difícil entender la película con aquellos movimientos rápidos y desconectados unos de otros, tan pronto enfocaban una cosa como la otra y no se veía ninguna razón para ello. Además, estaba todo en bengalí, sin subtítulos, con una aburrida voz en off contando la historia del protagonista en tercera persona sobre una primera persona y que no era la voz del actor en los diálogos. Total, un coñazo horrible. Dormité casi toda la película, despertándome sólo cuando Aritra o su tío intercambiaban diálogos llenos de indignación ante los cambios hechos en la novela o a los personajes.

Salimos casi a las 11 de la noche del cine, y hacía un frío cortante en la calle. La madre nos esperaba impaciente para servirnos la cena, que pasamos comentando lo mala que había sido la película y lo mucho que yo había dormido todo el tiempo.

Al día siguiente, empezamos la ruta turística por los lugares históricos. No están en Lalgola propiamente, sino en Lalbagh, a unos 50 minutos en coche. Allí vimos monumentos, mezquitas, templos, palacios y casas museo:


La explicación a Katra Masjid por la Archeological Survey of India


Las puertas de la mezquita


Detalle de la decoración (lo que queda, porque está casi destruida) del interior de la mezquita. Esto fue en su tiempo, una celosía.


No podían haber destrozado el techo de una manera más perfecta. ¿O quizá ya la construyeron así?


Arcos y ventanas


Los soldados aquí apostaban jugaban en el suelo a juegos parecidos al parchís.


La tumba del sanguinario y odiado Nawab, debajo de las escaleras y plataforma de la mezquita, para que todo el mundo lo pise.



Mezquita en Moti Jhil, un lago, visto a través del arco de entrada de un pequeño cementerio musulmán-cristiano.


Niños jugando en la mezquita abandonada.


Hazarduari, o el Palacio de las mil puertas. Dentro hay un museo con una enorme colección de todo tipo de cosas de todas partes del mundo que vale la pena ir a ver. Pero no hay fotos, porque no dejan pasar con la cámara ni con el móvil.


Farolillos en Hazarduari.


Explicación de la ASI a la tumba de la odiada hija del odiado Nawab. Cuenta la leyenda que comía pulmones de niños creyendo que así se curaría de su tuberculosis. También han edificado su tumba bajo unas escaleras, para que todo el mundo pase por encima de su cadáver.


Pero le han construido, a pesar de todo, un jardín precioso encima.


Esta es la casa museo del comerciante marwari (no bengalí) Jagat Seth. Era multimillonario, para la época, mucho antes de la independencia. Y hoy en día, también lo sería.


El atardecer en el jardín de Jagat Seth.


Templo Jain dentro de los jardines de Jagat Seth.

Después de tanto recorrido turístico, fuimos a más visitas familiares. Otra enorme casa con un pequeño jardín, y tíos, tías, primos y primas y gatos viviendo en sus habitaciones. Allí no me dormí, y de nuevo el tío Anup se puso a explicar mi preferencia por el té con jengibre y mi poca afición a los dulces, cosa que les parecía increíble a las tías. ¿No vas a comer nada?, me decían, y yo respondía "Es que no tengo hambre", y se reían como si hubiera dicho un chiste, como si que hiciera falta tener hambre para comer fuera un chiste. Al final, acepté unas galletas.

Por fin en casa, tras refrescarnos y cambiarnos, nos pusimos a charlar y ver las fotos (como las que habéis visto arriba) y concursos de la tele con la madre. Al día siguiente, planeamos ir al río Padma, que hace a su vez de frontera con Bangladesh, y que es la fuente de los pescados que los bengalíes tanto les apasionan, aunque, a su vez, se le llama el río de la destrucción, porque su curso cambiante ha arrasado pueblos enteros más de una vez.

Lo cierto es que la visita al río fue lo más bonito del viaje.


El azul desemboca en el azul. Cuál en cuál, todavía no lo sé.



Atardecer con los pescadores al fondo


Para no olvidar que el río es la frontera con otro país. Con la otra Bengala.


¿Alguna vez habéis visto algo así? Yo, no.


La última tarde en casa de Aritra, después de tomar más té con jengibre y galletas, pelearnos con los gatos, y conversar de todo un poco, pregunté por los álbumes de fotos de la familia. Al principio mi amigo y su madre me miraban como si hubiera salido de un manicomio, y rezongaron un poco, pero acabaron sacando dos bolsas llenas de fotos en blanco y negro, negativos y álbumes de debajo del colchón. 

Algunas fotos databan de los años 50, pequeñas estampas en blanco y negro, creo que llegamos hasta finales de los 80 en la cronología familiar. Algunas eran preciosas, auténticos documentos visuales de la época, con mítines políticos, estaciones de tren, tradiciones religiosas y pequeñas escenas de la vida diaria fotografiadas. Poco a poco, a medida que salíamos de los sobres llenos de fotos en blanco y negro y entrábamos en los álbumes de fotos en color, éstas cosas desaparecían para dejar paso a las fotos de los cumpleaños. En especial, del cumpleaños del primo de Aritra, que vive en la casa adyacente: un chico al que llaman "Yisu" (es decir, "Jesús"), ya que su cumpleaños es precisamente el 25 de diciembre. Aunque creo en su carnet de identidad dice que se llama Dev.


Parece que el padre de mi amigo estaba a punto de empezar a cantar una canción de una película de Bollywood con la voz de Kishore Kumar


Aunque sin la voz de Kishore Kumar, ya que el padre era un buen cantante de Rabindrasangeet (canciones compuestas por Rabindranath Tagore), y de hecho componía sus propias obras y sacó un casette - aquellos tiempos-. Aparte, escribía relatos de ficción y era profesor en un colegio público.


Una estampa de la vieja Calcuta, cuando todavía era "Calcutta", y no "Kolkata".


Victoria Memorial


Estampa de una estación de tren, posiblemente, Lalgola. No hay nadie conocido en la foto. En aquellos tiempos, gastarse una foto en fotografiar "cualquier cosa sin razón aparente", debía ser todo un atrevimiento.


La madre de Aritra de joven, en una serie de fotos en las que me recuerda a Sharmila Tagore.



De película, ¿no?


Jeje, espero que mi amigo nunca vea esta entrada en el blog, o me mata por sacarle en esta foto...


La cena de Nochebuena fue, sin ceremonia alguna, una riquísima ensalada, paneer en salsa con guisantes, y un poco de pan, para mí, mientras que los demás tomaban una típica comida bengalí: 


Arroz blanco cocido, huevo cocido, patatas con pasta de semillas de amapola (alu posto), y lentejas amarillas (dal). La ensalada sustituye a las otras verduras que tocarían en el plato. De postre, unos dulces bengalíes. Bueno, he de reconocer que yo me comí medio. Fue todo un esfuerzo.

Nos acostamos temprano: al día siguiente, teníamos que tomar un tren a las 05.50 de la mañana. Así que, a las 23.00 estábamos ya en la cama. Me dormí enseguida, la verdad. A las 4.15 ya estaba en pie, y terminé de empacar mis cosas en la mochila - regalos incluidos (una reproducción de un palanquín con dos esclavos, llevando a alguien importante, tallados en una especie de maderita blanda)-, de vestirme, de ver a la madre de Aritra prepararnos té, de todo. Me senté a esperar: mi amigo siempre ha sido tardón, pero esta vez, se pasó. Se pasó tanto, eran ya las 05.30, que salimos de casa casi corriendo y sin apenas despedidas, cruzando las calles a paso rápido. El tío Anup, que había insistido en acompañarnos, se nos quedaba detrás. De repente vimos un ciclo-rickshaw, y nos subimos a él, dejando al tío Anup, que se quedó triste por no poder venir con nosotros. 
Le preguntamos al conductor a qué hora salía el Bhagirathi Express:
- Panchta chollis.

Es decir, a las 05.40.

Cuando llegamos al andén de la estación, el último vagón del tren nos despidió con un pitido irónico. Lo habíamos perdido por los pelísimos. 

Nada que hacer. Nos iríamos en el siguiente. Miramos la lista de trenes, inscrita en las paredes de la estación. Allí estaba nuestro tren, el Bhagirathi Express, con una etiqueta que decía "40" pegada encima del horario original. No la vimos cuando fuimos a comprar el billete. Y no, el billete no dice la hora de salida del tren. Ni siquiera dice el nombre del tren.

De hecho, eso es, en realidad, una ventaja. El siguiente tren pasaba a la media hora, más o menos, a las 06.25. Preguntamos en la ventanilla, para cancelar este billete y comprar otro, pero el vendedor nos dijo que no era necesario: el billete valía. ¿Y por qué valía, si era para otro tren? Pues porque los dos van en la misma dirección, los dos son exprés, y de hecho, este nuevo tren hace un recorrido de 250 kilómetros (a la estación de Kolkata) mientras que nuestro primer tren lo hacía de 270 (porque iba a Sealdah). Así que en realidad, nosotros, al haber pagado por un tren exprés en dirección a Calcuta a una distancia de 270 km, habíamos pagado incluso más dinero que por los 250 km del otro tren que al que queríamos cambiarnos. Aritra y yo nos mirábamos incrédulos. ¿En serio? Que sí, que sí, insistía el vendedor:

- Que no vais a tener ningún problema, os lo aseguro (jhamela hobena). Que no pasa nada. Y si os dicen algo, me llamáis y yo hablo con el revisor. Tomad, este es mi número de móvil y mi nombre. 

Y allí delante nuestra arrancó un pedazo de papel de un extracto bancario y nos escribió su nombre y teléfono.

Tranquilizados, volvimos al andén a esperar el tren, que llegó mucho antes de su hora de salida. Estaba vacío. Salió tarde. Desayunamos té, pan con mantequilla y huevos cocidos en el tren. Poco a poco se fue llenando de gente, hasta que no cabía ni un alfiler. Y todavía nos quedaba viaje. 

Decidimos cambiar de tren antes de llegar a Calcuta, tomar un tren local, e ir directamente a Sealdah en lugar de a la estación de Kolkata, que está más lejos. Además, es más fácil encontrar transporte para ir a cualquier parte de la ciudad desde Sealdah, y no nos quedaba demasiado lejos a ninguno de los dos. Nos bajamos en Noihati, y a los dos minutos, ya venía un tren local camino a Sealdah. Pero con todo, acabamos por llegar a Calcuta unas siete horas después de salir de Lalgola.

Si no hubiéramos perdido aquel primer tren, habríamos estado en Sealdah en cuatro horas.

Pero a cambio de perder un tren, vi a un hombre vender revistas apasionadamente (Viajes! Revista de Viajes! Sepa usted cuáles son los mejores lugares para sus próximas vacaciones! Ofertas de viajes! Bonitas fotos! Sólo veinte rupias! Revista de ordenadores! Conozca los mejores programas! Aprenda sobre ordenadores! Con cd incluido! 50 rupias!), a un cantante deambulante de tren en tren, con su altavoz y micrófono en mano, y a un intérprete de Rabindrasangeet que tocaba en un minisintetizador, como de juguete, acarreando su altavoz, también saltando de tren a tren.


En definitiva, unas grandes Navidades.

Thinglink Plugin