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domingo, septiembre 23, 2012

Estampas de Calcuta III

Después de una tarde callejeando en moto por el norte de Calcuta, he visto algunas cosas interesantes. Muchas más cosas de las que pude sacar fotos....porque hay cosas que efectivamente, no se pueden fotografiar.

Es la segunda vez que salgo en moto por Calcuta. La primera vez, mi amigo y yo fuimos a las afueras, hacia la autopista. Esta vez decidimos cambiar de rumbo y subimos al norte. El Norte de Calcuta es fascinante. Es la parte antigua de la ciudad, el núcleo original, y a pesar de las muchas discusiones que he tenido con mis amigos entre qué es mejor o qué es peor, si el norte o el sur (todos son del sur, así que podéis imaginar sus respuestas), a mí me sigue gustando el norte de una forma particular. Quizá no para vivir, con sus calles congestionadas de coches y de gentes. Pero por otro lado, tiene los edificios más bonitos, y es una zona conveniente para cualquier ama de casa, ya que hay tiendecitas y mercados por todas partes. 

El caso es que nos dirigimos hacie el norte, rumbo a ninguna parte. Objetivo: perdernos. Y lo conseguimos. Aunque primero estuvimos siguiendo las calles principales, las avenidas, al primer asomo de atasco de tráfico, nos escapamos a un goli, una de esas callejuelas que en el norte de Calcuta adquiere su más pura esencia; por algunas de ellas, no podíamos pasar ni en moto. Las casas, tan pegadas unas a otras, tienen un toque colonial, y como toda la ciudad, están en ruinas. ¡Ay, si el gobierno de Calcuta diera ayudas a las personas que quieren restaurar sus casas, en lugar de promover la especulación del terreno para destruirlas y construir horribles bloques de apartamentos! Entonces Calcuta se convirtiría en la capital arquitectónica de India, sin duda. Hay maravillas escondidas en estos goli (que por cierto, como curiosidad puramente lingüística, en plural, "callejuelas", se diría "goligulo", que suena como taratari, katukutu y todas estas palabras musicales tan típicas del bengalí coloquial). Pero son tan estrechos que ni puedes ver los edificios bien, porque no hay sitio para tener perspectiva de los detalles de las fachadas. Una pena.

En las paredes de las casas, suele haber anuncios de películas o carteles con lemas políticos, cuando no hay directamente graffitis, o sorpresas como esta:


Swami Vivekananda es un filósofo y activista bengalí famoso en toda India. Su figura, reconocible porque siempre está muy erguida, con los brazos cruzados y un turbante en la cabeza, se encuentra desperdigada por toda la ciudad. En un estrechísimo goli del norte de Calcuta, encontré una casa-con-templo en la que fuera, además de pintadas del partido político que ahora está en el poder, había este "fresco" de Vivekananda. Necesita restauración, pero aún así, es fácil reconocerlo.


El estrecho goli donde encontré el fresco de Vivekananda era este. Una mujer lava algo en la fuente, mientras la ropa cuelga a secar. A ambos lados, hay casas. No sé por qué la foto me salió así, aunque si estaba un poco oscuro. Me sorprende que toda la ropa haya salido blanca excepto por una que ha salido amarillo. No hay Photoshop ni nada.


Este es el templo que está a la entrada de la casa. Una mujer realizaba rituales y ofrendas con incienso, haciendo sonar una caracola de mar enorme. El olor del incienso, el ruido de la caracola, y el ruido de una campanita que los devotos hacían sonar para llamar la atención de la diosa (o diosas) a sus rezos, llenaban la calle. Creo que la diosa es Durga, con sus hijas e hijos, pero no estoy 100% segura. Y cómo no, los enternos candados de Calcuta.


Fuera de la casa templo, una viuda y los que debían ser sus dos nietos, miraban a la diosa y a la mujer haciendo sus rezos. Le pedían algo, pero no sé qué. El niño pequeño en los brazos de su abuela, no paraba de jugar con la cuerda de la campanita. Estaba contentísimo de hacer ruido. A los lados de la puerta y la ventanida de la casa-templo, hay azulejos con estatuas de los dioses hindúes.


Algo que no sale en las fotos y que es imposible de explicar es el aroma de la ciudad. A veces es aroma: en el norte abundan los puestos de comida callejeros (vale, por toda la ciudad, pero en el norte, hay el triple), con sus snacks deliciosos e insanos. Como el de la foto de arriba. El olor al aceite friendo samosas o verduras rebozadas en harina de garbanzos, con sus especias, me llenaba los pulmones y atraía mi estómago. A veces había olor a cocina con vinagre, o un olor picante no sé a qué exactamente, que me hacía sentir como si hubiera mordido una guindilla. Otras veces había olor a pintura, a basura, o en los ghats, a cenizas. 



Puestos de bebidas y tabaco, y mini restaurante donde la gente tiene que comer en la calle.


Saliendo del goli, nos metimos en una calle principal. Aunque era sábado por la tarde y no hay trabajo, aún así el tráfico estaba muy congestionado. Menos mal que con la moto, uno puede serpentear entre los coches y avanzar más deprisa. Entre los coches, los taxis y los autobuses, las carreteras estaban repletas de camiones llevando productos de los almacenes a las tiendas. Pero no todo se transporta en camiones. También se transportan en estos carros-bicicleta. Este lleva latas de aceite vacías, de vuelta a la fábrica para llenarlas. Pero he visto carros llevando páginas de agendas sin cortar todavía, o cartones de tapas de libros, retretes de cerámica...de todo.


Un autobús en dirección a la estación de tren de Haorah.

Como había demasiado tráfico, decidimos huir lo más pronto posible y acabamos en otros goli, aquí y allá, y para nuestra sorpresa, llegamos al río. Los ghats del norte de Calcuta son muy diferentes de los del sur, de Princep Ghat o Babu Ghat. Allí, Mamata Banerjee ha hecho una remoledación absoluta de la zona, la ha puesto toda de azul y blanco (sus colores), ha colocado baldosas en el suelo, luces por todas partes (azules y blancas), y ha puesto zonas delimitadas para los vendedores callejeros, que antes se colocaban a su antojo. También ha añadido unos bancos de madera de color beige, negro y dorado con leoncitos, al lado de papeleras que imitan animales, como monos con traje de botones, o delfines con la boca abierta, de colorines. Más kitsch imposible.

Pero en el norte, la zona de los ghats sigue como antes. El suelo es tierra todavía, los vendedores de té, tabaco o muri se ponen donde quieren, libremente, cerca de los muelles de los ferris que llevan a Haorah, o cerca de los crematorios, o cerca de las estaciones de tren suburbano. Apenas hay luz, y la gente que hay se arremolina alrededor de las tiendas de té. Hay dos ghats con crematorio, Ahiritala y Nimatala Burning Ghats. a los que llegamos sin saberlo. En Ahiritala casi no hay gente, pero Nimtala es muy activo y alrededor del crematorio hay varios templos y tiendas que venden lo inimaginable para rituales religiosos que no entiendo. Parece ser que allí fue donde se incineró el cuerpo de Tagore, pero lo importante no es que un personaje famoso haya sido incinerado allí, sino los miles de cuerpos que deben incinerar cada mes... Entre Nimtala, que está cerca de Burrabazar, y el puente de Haorah, están los almacenes donde se guardan los productos que los camiones repartes por toda la ciudad. No pudimos salir de allí por la vía normal, porque uno de esos camiones se había chocado contra un coche y había un lío montado allí mismo alrededor de un accidente nimio, porque al coche no le había pasado nada. 

Dimos la vuelta y salimos cruzando las vías del tren, para llegar a la zona donde los mayoristas venden a los pequeños distribuidores, que suplen a toda la ciudad: el mercado de Burrabazar. Hombres vestidos apenas con lungi (una especie de toalla fina, normalmente con un diseño azul de cuadros, atada a la cintura) y un paño rojo en la cabeza que tiene usos múltiples, descargaban camiones pasando los sacos de cosas a carros hechos con troncos finos de madera, que funcionan como un balancín. Otros llevaban sus productos en carros-bicicleta. Con un gancho metálico, los hombres enganchan los sacos y los tiran como pueden al carro, que luego empujan entre dos o tres personas. Mientras, otros dormían entre los sacos. En la calle, además de este movimiento de camiones, hombres y sacos, había comerciantes que ya estaban subastando sus productos. 


Una cosa curiosa de los camiones es su decoración. Todos están pintados, la mayoría lleva pintado también información sobre su permiso de conducir (Bengal, All India, Bengal and Bihar, etc.) y su número de teléfono, por si alguien requiriera sus servicios. Pero también llevan lemas a los dios (Jay Mata Di, por ejemplo), y cómo no, algunos incluyen imágenes de los dioses. Me gustaría volver, con calma y andando, para sacar fotos de estas pinturas. Este es Shiva, pero también había muchas Kali y creí reconocer a algún Hanuman. 

Esta ciudad nunca podrá dejar de sorprenderme.

martes, septiembre 04, 2012

Estampas de Calcuta: variedades

Esta ciudad que ahoga y maravilla es a veces demasiado intensa. No es posible recordar las miles de impresiones que sacuden cada día.

El domingo me pasé el día sola terminando un curso para examinar DELE y por fin por la tarde salí por no quedarme en casa. Yo vivo entre dos calles que son una sinécdoque de India: la calle de los ricos, con sus cafeterías, restaurantes, heladerías y bloques de apartamentos estilo occidental, y la calle de los pobres, de la gente durmiendo en la calle, ruidosa y sucia, llena de pequeños negocios, restaurantes mugrientos y puestos de comida callejera.

En esta última calle, Hazra Road, he visto como los domingos grupos de hombres sentados sobre un plástico en el suelo ocupan todas las aceras para jugar a las cartas. Veo degollar pollos y cabras despellejadas colgando de unas tiendas sin puertas ni ventanas, mientras otras cabras están sentadas enfrente de la tienda esperando su turno. Veo a gente durmiendo en las posturas más inverosímiles, dentro de restaurantes vacíos, tumbados sobre los bancos y con alguna pierna mal apoyada sobre la mesa. Mientras paseaba este domingo, de repente escuché una música. Venía de una especie de garaje, que en realidad es una empresa de madera. Me asomé a la puerta y allí en el suelo, cuatro hombres mayores tocando la tabla (un tambor indio), una especie de acordeón y un sitar, tocaban música devocional. Quizá estaban ensayando para alguna puja, no sé. Me quedé mirando y escuchando, y ellos me miraron a mí pero no me dijeron nada. Siguieron así un buen rato, hasta que terminó la canción, y pararon de tocar.

El metro es como siempre uno de los lugares más interesantes. El último día conseguí sentarme en la zona de las mujeres de cada vagón (el centro de cada vagón de metro está reservado para las mujeres). Frente a mí había unas cinco mujeres, que parecían una colección de muñecas tristes, con la cabeza ladeada todas hacia el mismo lado, y con la mirada perdida. Jóvenes y viejas, bengalíes y no bengalíes, todas eran iguales en aquel momento. Así viajaron los 20 minutos que hay desde la universidad hasta mi estación. ¿En qué piensan? Están cansadas, pero ¿de qué exactamente? 

Una de mis comidas favoritas en Calcuta (quizá debería decir, mi comida favorita) es el muri.

Es arroz inflado con garbanzos secos, cacahuetes, tomate, pepino, cebolla, a veces patata, una especie de fideos de patata fritos, masalas y guindilla. Me encanta. Tiene un sabor agudo, entre salado, ácido y picante. Pero odio los cacahuetes. Así que siempre pido sin cacahuetes. Hay dos puestos de muri donde en mi opinión, hacen el mejor muri que he probado hasta ahora. Uno está al lado de mi universidad, donde el muri es crujiente. El otro está cerca de mi casa, donde le ponen muchas verduras y el muri no está crujiente, pero el sabor es mucho más intenso. Los dos hombres que lo preparan ya me conocen, e inmediatamente saben que no tienen que ponerme cacahuetes. Cuando no tengo cambio yo o no tienen cambio ellos (cuesta solo 5 rupias, pero no siempre tengo monedas sueltas), nos quedamos a deber para el próximo día, y tan contentos. El que está cerca de mi casa siempre me lo da a probar para que dé mi visto bueno al sabor antes de llevármelo, y se empeña en hablarme en hindi. Pero cada vez que me ve, me grita "didi!! bolun!!!". "Didi" significa literalmente "hermana", pero es la manera de dirigirse a las mujeres jóvenes desconocidas. "Bolun" significa "dígame". Es la manera de interpelar a los clientes para que se acerquen a comrar, en todas las tiendas. Y este hombre, lo consigue casi siempre. 

Pero los domingos, tristemente, cierra su puesto. Y yo, que le soy fiel, los domingos no como muri...

sábado, agosto 18, 2012

¿Chicos o chicas? Estampas de Calcuta

Hasta hace no muchos años, la homosexualidad todavía era ilegal en India. Ahora, aunque ya no lo es, el prejuicio sigue fuertemente ahí, incluso en las mentes de la generación más moderna, que no lo ven como "normal". Lo curioso es que eso que no es "normal", forma casi parte de una tradición, ya que en los homosexuales travestis forman hasta parte de las tradiciones de las bodas, donde van a bendecir a la pareja que se casa. Su existencia es tradicional, pero aún así, la gente les tiene miedo. Sí, miedo.

Estos homosexuales travestis son llamados "hizras". Pertenecen a su propio grupo social, y normalmente no viven son su familia. Se pasean por los parques, acercándose a las parejas a pedir dinero, amenazando con maldecirles si no les dan nada, y si se lo das, algunos te bendicen para que tengas muchos hijos, otros simplemente se largan a por la siguiente pareja. No pueden trabajar porque nadie les contraría, así que se ven obligados a mendigar. Algunos dicen que mendigan porque quieren, pero uno no es homosexual porque quiere...Así que es un tema complicado.

Algunos de estos hizras son hombres jóvenes, delgados, que se visten con total tranquilidad de sari o falda y llevan tacones. Otros son hombres ya cuarentones y barrigudos, que por la mañana temprano he visto salir a coger agua con un lungi (una especie de toalla larga a cuadros) atada a la cintura, con el pecho y la panza al descubierto, como cualquier otro hombre: pero su forma de andar estilizada, y el pelo largo recogido en un moño en la cabeza, les delata.

Un día, al volver de clase, me encontré que en la tienda donde siempre compro yogur había un hizra charlando con los dos jovenes dependientes, unos chicos de unos 20 o 23 años. El hizra, vestido con un hermoso sari marrón oscuro y dorado, con el pelo largo, pendientes y pulseras, charlaba muy animado, sonriente, mostrando un montón de billetes que había conseguido. Estaba pidiendo cambio en la tienda. Los chicos le sonreían un poco forzados, pero se conocían. Al principio no querían cambiarle el dinero, pero al final lo hicieron, después de la insistencia del hizra. Antes de marcharse, se despidió de ellos coqueteando y hasta se atrevió, a pesar de que me había visto a mí esperando fuera observando toda la escena, a tocarles la entrepierna a los dos chicos como invitándoles a llamarla un día si querían sus servicios. Se marchó con la cabeza muy alta, caminando a la perfección con el sari. Creí reconocerla. Un día que volví muy tarde, me acerqué al restaurante de al lado a coger algo de comida para llevar, y apareció un hizra. Creo que era la misma. También de sari y siempre con una sonrisa pícara, charlaba con todos los hombres del restaurante como si los conociera de toda la vida. Ellos le sonreían, pero como siempre, con un deje de incomodidad que no he visto en otras ocasiones. Es el miedo, no sé a qué, pero miedo.

Una mujer india nunca se comportaría así como hacía este hizra. No sería coqueta de esa manera pícara,  no charlaría con los hombres, ellos no reirían con ella. Tampoco una mujer india miraría a todos los hombres por encima del hombro, tan segura de sí misma y de su poder. Este hizra sabe que los tiene a todos en su puño, y que allí manda ella, porque le tienen miedo.

¿Cómo habra sido su vida? Me lo imagino de pequeño, de joven, cuando era él el que tenía miedo de la presión de la sociedad. ¿En qué momento decidió salir del miedo, vestirse de sari, dejarse el pelo largo, y ser él el que causara miedo a la sociedad?

Otro día, de vuelta a casa después de la universidad, vi a dos hizras en el metro. Yo acababa de entrar corriendo a sentarme, porque estaba muy cansada y apenas había ya sitio libre. No me fijé en nada, sólo me senté. A mi lado había una chica joven vestida con un hermoso salwar morado y plateado, muy llamativo. Tenía el pelo largo suelto, lo que es un poco raro de ver. En sus manos daba vueltas a un smartphone blanco, y tenía las uñas pintadas de blanco. Charlaba con otra chica a su lado y movía las manos continuamente para acompañar sus palabras. Pero esas manos eran un poco raras. Eran grandes y estaban surcadas de líneas gruesas y secas, como si una persona hubiera metido mucho tiempo las manos en el agua y al haberlas sacado, se le hubieran secado pero las arrugas se hubieran quedado allí. Me he fijado en que muchos hombres en India tienen las manos así. ¿Era un hombre?

No podía girar la cabeza para mirarle la cara directamente, no habría estado bien. La voz no era determinante, y hablaban en hindi, así que casi no entendía nada. Creo que hablaban de ropa. ¿Era un hizra? Pues debía ser muy joven. Además, nunca había visto a un hizra vestido de salwar, y mucho menos de un salwar que es más bonito que cualquiera de los que tengo yo. ¿Y la otra "chica" con la que hablaba, también sería un hizra?

Por fin llegó Robindra Sadan, dos paradas antes de la mía, y decidí levantarme antes de tiempo para poder mirar tranquilamente. Efectivamente, eran dos chicos, pero había que fijarse bien para darse cuenta, porque esos dos chicos eran a la vez, las dos chicas más guapas de todo el vagón. Llevaban el maquillaje perfecto, cubriendo la cualquier imperfección de sus rostros, lápiz de ojos y pintalabios ligero rojo. Hasta se habían aclarado la piel de la cara con el maquillaje para parecer más pálidas, aunque se notaba la diferencia de color con el cuello. Uno, el que había estado a mi lado, llevaba el pelo suelto, pero el otro lo llevaba recogido por una pinza. Tenían el pelo largo y sedoso como las chicas. ¡Y qué decir de la ropa! Me entraron ganas de preguntarles dónde la habían comprado. Llevaban pintadas las uñas de las manos y de los pies, y cargaban con unos bolsitos pequeños y de plástico brillante, iguales a los preferidos de las chicas indias. Charlaban y reían mirando a los hombres sentados al otro lado de la puerta, mientras que el resto de hombres y mujeres del vagón evitaba mirarles. Ellos (o ellas) parecían felices, como si vinieran de ir de compras toda la tarde y hubieran conseguido unas gangas preciosas, aunque no llevaban bolsas de ninguna tienda. Sí, sus manos eran demasiado grandes, se les notaba la nuez en el cuello, su mandíbula era demasiado cuadrada; pero eran jóvenes y guapos, y como chicas, también eran guapas. No puedo olvidar su cara, que hacía palidecer de envidia las de todas las demás mujeres del vagón.  

Después había quedado con un amigo y le conté este encuentro, y casi le da algo. ¡Cómo podía ser que fueran guapas! "No, no, no", me decía. "Hablemos de otro tema".

Son guapas, lo saben, y saben que la gente les tiene miedo. Pueden hacer lo que quieran. Me parece que las mujeres de aquí podrían aprender un par de cosas de ell@s.

lunes, julio 30, 2012

Estampas de Calcuta

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y seguramente es verdad. Pero hay imágenes que no se pueden fotografiar; aunque se haga, no comunica lo mismo que la visión de la imagen real. Y esas imágenes sin fotografíar, ¿cómo transmitirlas sin palabras?

Ay, las palabras, las palabras...

Así que he decidido empezar una nueva "sección" de mi blog, Estampas de Calcuta, cuyo propósito enseguida podréis adivinar tanto por el título como por mi introducción de hoy.

El metro es uno de esos lugares en los que está prohibido hacer fotografías, pero aunque una las hiciera,  esas fotos se quedaría cortas, escasas, incompletas. 

El metro es un lugar interesante. Bueno, esto no es cierto: el lugar no es lo interesante, sino la gente en el metro es la que es interesante. Diréis que la gente del metro es la misma que la de fuera del metro, y no puedo negar esto: pero en el metro, puedo observarles con calma (¿qué otra cosa hay para hacer en el metro que no sea mirar a la gente?), su comportamiento, sus caras cuando hablan con alguien o cuando no hablan con nadie (cosa que fuera del metro no suele suceder).

Hoy, por ejemplo, cuando volvía a casa después de la clase de hoy, en frente de mí estaba un matrimonio indio con un niño pequeño, de unos cinco años. Me fijé en la mujer, en su manera de taparse con el sari todos los trozos de piel visibles en cuanto entró en el metro, siguiendo a su marido, con el niño a sus pies. Era una mujer muy alta, con el pelo muy negro apretado en un moño, con la piel también oscura, ojos profundos como todos los indios. Tenía una mandíbula cuadrada llena de determinación, y un rostro rectangular, fuerte. Emanaba fuerza y carácter. Pero sus ojos eran dulces, un poco ensimismados, más infantiles que el resto de su cuerpo. Miraba sus manos, sujetando a su hijo, y parecían viejas, al igual que su piel. No cuadraban con esos ojos jóvenes.

El marido era pequeñajo, consumido, y caminaba encorvado. Tenía una calva ya notable, pero un bigote resplandeciente. Vestía una camisa azul a rayas y unos pantalones grises viejos, demasiado largos para su baja estatura. Era bastante más viejo que su mujer.

Entonces me fijé en el chaval, de unos cinco años. No se parecía a ninguno de los dos, excepto en los ojos, y tenía las pestañas más largas que he visto nunca. Vestido como el padre, pero con unas deportivas chiquititas, era un pequeñajo muy enérgico. No paraba de moverse, gesticular, hablar con sus padres, mirar a todas partes y hacer muecas. Es el primer niño indio al que veo activo en el metro, y el primer niño indio al que veo hacer muecas, ya sea en el metro o en la calle. Normalmente los pequeños indios son tan tranquilos y miran al mundo con esos ojos enormes, llenos de calma, que no parecen niños. Este, sí.

Si el niño tenía unos 5 años, ¿cuántos tendría la madre? Parecía mayor, pero sus ojos la delataban; y la edad de su hijo también, Imaginé que si se casó a los 25, como muchas indias, ya que es una edad un poco límite para las chicas, y ya habían pasado cinco años desde entonces al menos, debía tener unos 30 o 32. Sin embargo, parecía de 40 años. Y el padre, diez años más, mínimo. Quizá no era el primer hijo, pero aunque tuvieran más más mayores, aquella mujer no podía ser tan vieja. Ella no llevaba mucho oro, apenas un collar (el mangalsutra), y un par de pulseras entre los conjuntos de pulseras rojas que le adornaban las muñecas. Al principio pensé que sería bengalí, pero no eran las mismas pulseras que llevan las mujeres casadas bengalíes. Y tenía unos anillos en los pies, y me he dado cuenta de que las mujeres bengalíes casadas no los llevan. Además, su sari era de tela sintética y bastante feucho: hasta las bengalíes más pobres llevan saris más coloridos y bonitos que ese, y normalmente nunca usan una tela sintética, sino algodón. Los hombres son más o menos iguales así que es difícil adivinar, aunque algunos tengan una cara muy bengalí.

Entonces me quité los cascos (acostumbro a escuchar música en el metro, sobre todo a la vuelta del trabajo, para empezar el relax) y escuché que no hablaban bengalí, sino hindi. Bien, pensé, mis suposiciones eran acertadas. Seguramente serían biharis, que son la comunidad hindi-hablante que más abunda en Calcuta, además de los marwaris, pero esos son harina de otro costal.

La madre sonreía como una jovencilla de 20 años a las palabras de su hijo, que era toda una revolución de personaje, y pensé que cuando él se hiciera mayor, no adoraría a nadie como a su madre. ¿Cuántos años tendría ella entonces? Los veía delante de mí con veinte años más, la mujer ya más gorda y ajada, con el mismo sari, el hombre más cansado y con más canas, más encorvado aún. Y el niño ya no niño, sino hombrecillo, ayudando a su madre con la bolsa y hablándole de los precios de las cosas en el mercado, porque sabe que es un tema que a ella le importa y del que le gusta quejarse.

Después de salir del metro me fui a tomar un té a un sitio que sé que está abierto después de las ocho (que no todos lo están), que es tranquilo y donde me puedo sentar: en el callejón al lado del centro comercial y tienda de ropa que hay cerca de mi casa. Allá fui, y nada más pedir el té y sentarme en el banquito, salieron de la puerta trasera del centro comercial un montón de chicos jóvenes, cinco o seis: cuatro de ellos llevaban a otro, altísimo y delgadísimo, en los brazos. Lo metieron en un taxi que estaba en la misma puerta, y que me había extrañado que estuviera allí, pero al que no le había dedicado ningún pensamiento más.

El chico larguirucho debía estar inconsciente. Los jóvenes hablaban excitados. Todos, incluido el inconsciente, vestían la misma ropa: camisa negra brillante, pantalones y cinturón negros. Eran los dependientes de la tienda de ropa. Hablaban en hindi y bengalí, aunque no pude entender ni palabra de lo nerviosos que estaban. Dos se metieron en los asientos de atrás del taxi, con el desmayado en el regazo. Otro vino corriendo con el casco de una moto. Otro hombre, más mayor y con otro uniforme, que parecía su jefe, les daba instrucciones. Todos asentían. Mientras, otros chicos y hombres que habían estado mirando la escena, se acercaban a enterarse, a preguntar qué pasaba, con cara de preocupación. No era curiosidad, era preocupación, o eso me parecía leer en sus rostros. Sorpresa y preocupación, aunque aquel chico inconsciente no fuera un conocido suyo.

Por fin el jefe se metió también en el taxi, que desapareció: el otro chico de la moto les seguía. En la calle, algunos curiosos: entre ellos un chaval que parecía de primero de universidad, con camiseta morada de un grupo de rock, vaqueros, gafas de pasta y un pelo largo y rizado de esos que nunca han visto un peine, charlaba con uno de los dependientes vestidos de negro. Pronto apareció el hombre del té, y tomaron uno cada uno, mientras seguían charlando sobre lo que acababa de ocurrir. 

Me asombró la rapidez con la que tantos compañeros ayudaron al inconsciente, me sorprendió su nerviosismo, me sorprendió la repuesta de los hombres en la calle: ir a preguntar, preocuparse. Hablar. Pienso en cómo sería si eso mismo hubiera pasado en España, y me parece que ningún viandante o paseante se habría parado a preguntar, a preocuparse por la salud del chico, ni a charlar con alguno de los compañeros. 

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Escrito (y experimentado) escuchando:

Ekdin by Ornob on Grooveshark

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