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miércoles, julio 10, 2013

Primer día de clase...por tercer año consecutivo

Hoy, como el año pasado, ha sido el primer día de clase de un nuevo curso inicial en la universidad de Calcuta. De nuevo, alumnos, chicos y chicas, la misma aula con sus dos grandes pizarras, las tizas que no escriben bien, los perros entrando y saliendo de clase como Pedro por su casa. 

Pasan los años, y me siento más segura en clase. Cuando llegué solo había dos alumnos, y poco a poco fueron entrando los demás, hasta que al final tuve unos 17 o 18, de los 35 que se supone que deberían estar. Ya me estoy imaginando que algunos nunca vendrán, y veré su nombre en la lista preguntándome qué aspecto tendrá este alumno o alumna que se matricula en una clase a la que nunca tenía pensado asistir. 

Cuando entré, había una chica de mi edad y un hombre mayor, de unos 45 años, que me preguntó enseguida si iba a usar inglés en clase o "direct method". "Español, español", le digo, con una sonrisa, y después de ordenar las fotocopias que voy a usar por la mesa, empiezo a escribir la fecha del día, la "clase de español, día 1", mi nombre, a enseñarles el "yo soy", y que me digan su nombre. Entonces llegan en una oleada un montón de chicos, diez minutos tarde, y vuelvo a empezar. Sigue llegando gente, pero ya no vuelvo atrás, que se apañen, y si no se apañan, que no lleguen tarde la próxima vez. Escribiendo muy clarito en la pizarra los días de la semana, señalando con la fecha qué día es hoy y cuáles son los siguientes, escribiendo el horario de clase, de 17.30 a 19.30, y escribiendo y diciendo que "17.40" NO, les ha quedado claro: tienen que ser puntales. Me encanta la pizarra.


Les dibujo España, les pregunto en qué continente está, si América, África, Europa o Asia ( y me dicen que América, y yo les digo que no), hablamos del fútbol, del que si Real Madrid o Barcelona, que si el tenis, que si bullfighting o flamenco dance. Empecemos por los tópicos, que se sientan cómodos porque saben cosas. Después, toca el cuestionario de datos personales, que aprenden a rellenar siguiendo el modelo del mío que escribo en la pizarra, y les dejo tiempo para que se expliquen unos a los otros las cosas que no entienden, de modo que empiezan a conocerse y yo empiezo a ver quién es más rápido y a quién le cuesta más, a quién le gusta la metodología y a quién no, quién seguirá (probablemente) y quién desaparecerá con la excusa de las vacaciones de octubre ( o sin excusa). 


Después, repasamos la presentación básica que yo he hecho conmigo misma, escribiendo "Yo soy" en la pizarra, y rellenando los huecos con el nombre, de + el nombre del país, y la profesión, en inglés (aunque se copiaron unos a otros y todos dijeron "estudiante" o "student", ya que algunos se sabían la palabra en español y otros no). Para eso, les hice levantarse (cosa que entienden enseguida, con un gesto), y colocarse en un círculo alrededor de las mesas (cosa que no entendían bien hasta que dibujé un círculo en la pizarra, siempre funciona eso de dibujar cosas), y empezando conmigo, seguimos uno tras otro.

Contentos por poder pronunciar sus primeras palabras en español después de la primera hora, me despedí diciéndoles que hasta el viernes, hasta el día 12 (pizarra aquí de nuevo, escribiendo la fecha con números), a las 17.30 exactas y no a las 17.40. Dos horas de clase ya desde el principio sólo en español, les mataría: a los que les cuesta, les desmotivaría demasiado, y a los que se han enterado bien hasta ahora y están motivados, si no entendieran en la siguiente hora, se desmoralizarían. La aproximación a este nuevo método (nuevo para ellos, claro), funciona mejor si es gradual. La próxima clase ya más seriamente, las dos horas completas, con las primeras fotocopias del libro, hasta que todos tengan su propia fotocopia del mismo.

Y nada, ¡que estoy deseando que llegue ya el viernes!

viernes, agosto 26, 2011

...hemos vuelto

Desde esta misma mañana vuelvo al mundo de la red, a estar conectada con vosotros, lectores y lectoras, pero también amigos y familia. Parece mentira lo mucho que una se acostumbra a esta en contacto con todo el mundo a la vez, a leer las noticias por internet, a escuchar la radio e incluso ver programas de televisión, a trabajar y buscar información...

Pero en estas dos semanas sin internet he estado haciendo otra cosa: conociendo Calcuta, acostumbrándome de nuevo a India, pero a una India distinta. La verdad es que lo primero que me asaltó fue la conciencia de esta diferencia. Es absolutamente visible desde que llegas a la ciudad, pero también hay otras cosas, no visibles, que solo conoces cuando empiezas a moverte y a tratar con la gente, que son muy diferentes.


Lo primero: los edificios y las calles. Los edificios son bonitos. Serían bonitos. La mayoría son de arquitectura colonial y se nota que tienen un diseño inglés de la época. Tienen arcos y ventanas, fachadas decoradas, columnitas...Serían bonitos si estuvieran en condiciones. Pero no lo están, están abandonadísimos. Se caen a cachos, vamos. Hay grietas, desconchados, colores desvaídos, ventanas con persianas rotas, goteras, musgo, pegotes negros en las pareces. Parece mentira que por dentro se mantenga la estructura de algunos edificios y que haya gente viviendo en ellos. U oficinas. Se aguantan milagrosamente, pero no sé hasta cuando.



Y las calles. Lo primero, un punto positivo: hay aceras. Hay aceras en todas las calles que he visitado hasta ahora, y me he movido por la vieja Calcuta. En Bangalore, había aceras en cuatro calles. Pero además, las aceras están llenas de vida. En Bangalore, a veces veías puestecillos de venta ambulante de comida, snacks, helados, relojes, bisutería...Pero en Calcuta, todas todas las aceras están a rebosar de un puestecillo tras otros, incluso con bancos para sentarte en aquellos donde sirven comida o té y pastas. Pero también venden desde menaje de cocina, hasta ropa de cama, pasando por ropa, fundas de móviles o accesorios de papelería. Sin olvidarnos de la fruta y los zumos de caña de azúcar. Sin embargo, lo que más abunda con diferencia son los puestos de té y pastas. Hay, a lo mejor, cuatro seguidos, que se hacen la competencia pero que sobreviven juntos. En Bangalore, los teaboys (chaiwallahs) iban en moto o bici de un lado a otro de la ciudad, parando a la puerta de las tiendas, o en las aglomeraciones, o cuando alguien se lo solicitaba. Tenían una ruta que cubrir todos los días. Sin embargo, aquí, los puestos son fijos: es el cliente el que se mueve. Eso sí, se aseguran de que todas las calles están cubiertas para que nunca falte el té. A cada cuatro pasos, tienes un puesto, o casi.
Siempre me he preguntado qué sería de India sin té.

El té es otra diferencia. Además de lo de los puestos versus los chaiwallahs ambulantes, otra diferencia es que en Bangalore, tenían además de chai, una oferta amplia de cosas: café, té negro, leche de almendras, té con limón...Aquí, no: chai o chai. Eso sí, hay pastas. Y te puedes sentar. Sólo falta el periódico del día.



Ah, y una última cosa en cuanto al té: en Bangalore, lo sirven en asépticos y fríos vasitos de plástico, como los de flúor de la primaria en la escuela. En realidad, en Bangalore todo lo sirven en cosas de plástico que se acumulan como basura no degradable en cada rincón de la ciudad. Aquí, te sirven el té en cuenquitos de barro que tiras a una papelera de cada puesto, a veces en la calle también, cuenquitos que se desharán con la lluvia (continua). La verdad es que todo lo sirven en estos cuencos de barro: cada vez que pides comida para llevar en un restaurante pequeño o tradicional, también en las tiendas de yogures o leches dulces (un descubrimiento de Calcuta), incluso los puestos de zumo de caña de azúcar te lo venden en uno de estos cuencos (pero en grande, los de té son chiquititos). La verdad es que le da un toque diferente al té, es como una experiencia más auténtica. En Bangalore, en algún sitio me lo han servido en un vasito de cristal, como de chupito, pero en el cuenco de barro, casi del mismo color que el propio chai, tiene otro sabor. Un sabor mejor.


De momento: Calcuta 1- Bangalore 0

miércoles, enero 26, 2011

Ya en la India

He tardado en volver a escribir, lo sé, pero he estado ocupada. Hoy por fin tengo un día libre, ya que es festivo en la India, el Día de la República. Hoy se cumple el 61º aniversario de la constitución de la república de la India.

Y para celebrarlo, me he dedicado a dormir, a pasar las fotos que he sacado hasta ahora al ordenador, y a escribir en el blog. Un día tranquilo.

La verdad es que me hubiera gustado haber escrito cosas ya antes. Pero como os contaba, he estado muy ocupada sin saber ni cómo.

Algunos ya sabéis que mi llegada a la India fue algo accidentada. Los de Air France y su maravilloso servicio perdieron mi maleta de tal forma que no habia pista ninguna de dónde estaba (no trace of your suitcase, madam). Ya la primera hora en la India, de madrugada, tener que esperar y pelearme durante casi dos horas con el servicio de reclamación de Air France en la India, apenas entendiendo el acento ni los papeles, fue bastante duro. Sobre todo porque resultó que en el avión había otra maleta igualita igualita a la mía, roja, de la misma marca, modelo y tamaño. Cuando la vi la cogí enseguida, no miré la tarjeta identificadora ni nada: di por supuesto que no habría otra maleta igual y que esa era MI maleta. Pero al cabo de unos minutos se acercó un señor a reclamarla, y efectivamente, era su maleta. La mía no venía. Un chico se estaba pasando al rededor de las cintas de maletas con una lista con un montón de nombres raros. Ya le había echado un vistazo, pero sin la lentilla puesto no veía demasiado bien y en principio, no vi mi nombre. Luego me fijé más, ya que mi maleta no venía, y...allí estaba claramente escrito, pero al final de todo, mi nombre. Y ahí empezó la espera y la discusión con los de Air France. Después de dar mis datos me aseguraron de que encontrarían mi maleta, me dieron una bolsita con cepillo de dientes, pasta, otros items de higiene y una camiseta blanca enorme (como hicieran los de British Airways en USA, pero sin los 50 dólares de compensación), y me largaron. Todo esto en dos horas. Si realmente alguien del Insituto Hispania había ido a buscarme al aeropuerto, tenía muchas dudas de que siguiera esperando a las 2 de la madrugada...Salí supernerviosa, pero allí estaba un cartel con mi nombre y el nombre del insituto. ¡Menos mal!

El que nos recogió a mi padre y a mí fue Anil, el "office boy" o más bien, "chico para todo" del insituto, sin el cual no funcionaría nada, porque todo lo hace él: encender los ordenadores, hacer fotocopias, arreglar cualquier cosa, pedir comida si hace falta, coger las libretas y archivadores de los armarios...En fin, todas las cosas, digamos, prácticas. Al principio me costó mucho hacerme a la idea de que aquí las cosas funcionan así, de hecho, todavía me cuesta. Cuanto menos haga uno mismo, parece que es mejor. Esas pequeñas cosas del día a día se dejan para los otros, para los sirvientes. Y es que esa es la palabra que más se acerca a la realidad.

Bueno, yo me enciendo el ordenador solita y también me voy a buscar la comida yo, pero es cierto que no voy a hacer yo misma las fotocopias, que sino las tengo que pagar de mi bolsillo.

Otro ejemplo similar es el del "tea boy", el chico que trae el té y el café todos los días. Normalmente se pasa después de comer, pero hay días que se pasa también por la mañana. En la escuela hay una pequeña cocina, utensilios y un termo, pero rara vez hay café o té si el chico del té no viene. Parece que nadie se lo puede hacer por sí mismo si le apetece. A lo mejor no sale tan rico, pero tampoco es que se me vayan a caer los anillos.

En fin, así son las cosas aquí. Hay gente que hasta va al supermercado con el sirviente para que elija las cosas y lleve las bolsas. Lo que no entiendo es por qué no le dan directamente la lista de la compra. Supongo que algunos sí lo hacen, pero que otros quieren supervisar. Bueno, es un poco como el servicio de entrega a domicilio en España, solo que aquí como no hay, tienen que traerse a alguien consigo para que lleve las cosas. Un trabajo más. Con la cantidad de gente que hay en este país, sin estos pequeños trabajos mucha gente estaría en la calle sin nada. Y ya hay mucha gente en la calle sin nada. En los 10 minutos andando que tengo hasta la escuela, hay al menos 15 personas que duermen, comen y viven en una sola acera. Una es una familia entera, que no sé si duerme exactamente allí, pero sin duda vive cerca y se pasan allí el día mendigando con tres niños pequeños.

En realidad, lo que más me duele es que tratan a esta gente fatal. Ya no sólo a los que mendigan por la calle, sino a los "sirvientes" en general. Les gritan, les acusan sin pruebas de no hacer lo que se les manda, se nota un desprecio en el aire que me asombra, porque en realidad sin ellos su "calidad de vida" se vería disminuida gravemente.

Por ejemplo, cuando por fin encontraron mi maleta, y cuando por fin me la mandaron dos días después, tras discutir con los de Air France y los del aeropuerto de Bangalore por teléfono, eran las 8 de la noche o así cuando por fin me avisaron de que había llegado a la escuela y decidí pasarme a buscarla. Me moría de ganas de tener mi maleta en mis manos de una vez y comprobar que todo estaba bien y en orden. A esa hora Anil ya no está de office boy, sino que había otro chico, de no más de 15 años (seguramente menos). Más bajito que yo, delgaducho, con una sonrisa enorme. Mi maleta pesaba más de 23 kilos (me la dejaron pasar en el aeropuerto de favor), y en el insituto pretendía que este chavalito escuálido la cargara hasta mi casa (10 minutos por unas aceras casi inexistentes o por una carretera con un tráfico endiablado). Mi padre y yo nos negamos, dijimos que preferíamos llamar a un taxi aunque fuera un poco caro. Tras discutir un poco, porque parecían no entender nuestra demanda, decidieron que lo mejor era llamar a un rickshaw. No sé si habéis visto un rickshaw, pero es bastante pequeño. Mi maleta es como yo de grande. ¿Entraríamos la maleta y tres personas en la parte de atrás del rickshaw? Albergaba serías dudas. Cuando por fin el chavalillo vino con el rickshaw, no sé cómo consiguieron que entrara la maleta en un pequeño espacio que tienen que hace de maletero, aunque en realidad no entraba del todo y la estábamos sujetando con nuestras cabezas. Así, apretados y encorvados, llegamos a mi casa. Pues el chiquillo estaba empeñado en que quería subirla él solo al segundo piso, menos mal que mi padre ayudaba. El chaval no parecía comprender que no era necesario que él hiciera todo. Cuando no teníamos suelto para pagar al conductor del rickshaw, él fue con el dinero y volvió con cambio para pagar. Parecía que él tenía que hacerlo TODO. Sólo pidió un poco de agua al final, pero yo le di algo de dinero más, aunque eso no mejoró la forma en que me sentía. Me sentía fatal. Explotar al chavalillo así y darle unas pocas rupias que para mí no son nada (bueno, en realidad sí, porque de momento solo cobro en rupias y ando escasa de dinero, que aún no he cobrado nada). No estaba arreglando nada. No podía arreglar nada. Lo peor fue cuando al día siguiente Lucía me contó lo que sabía del chaval, que no era mucho, pero sí sabía su sueldo: al cambio, 50 euros al mes. 50 euros al mes por hacer todo lo qe le mandaran aunque fuera excesivo, como llevar una maleta que pesaba lo mismo que él o un poco menos. Además, ese fue su último día de trabajo allí. Supongo que estaría harto y que se iría a otro sitio donde le pagaran un poco más o le trataran un poco mejor.

Ahora están buscando un segundo office boy para las tardes.

Rickshaw en Austin Town, Bangalore.


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